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Vacaciones inesperadas. Te Olvidaré... cap. VI

Inicié así, en el verano de 1987, unas inesperadas e indefinidas vacaciones. Recibí la llamada de un antiguo compañero al que conocí en Alicante, cuando ambos trabajábamos en la misma emisora. Eran los años en los que comenzaron a proliferar las emisoras municipales, las radios locales, lo que abrió nuevas expectativas a la profesión a pesar del intrusismo que alimentado por el enchufismo y los amiguismos imperaba por doquier, en todo municipio. Pero de vez en cuando surgía una oportunidad para algún profesional, siempre necesario a la hora de encauzar y dirigir proyectos que requieren cierto conocimiento y experiencia.

-Me he metido en esto porque es un reto divertido y el sitio es tranquilo- me dijo. 
-Llevo aquí unos meses y he alquilado un bungalow en una urbanización de montaña muy chula. ¡Vente a pasar unos días y lo conoces!-, me sugirió.

Sin tener otra cosa mejor que hacer que recapitular y reorientar mi vida, la sugerencia me pareció atractiva. Unos días de descanso lejos del ambiente rutinario no me vendrían nada mal. Hice el equipaje, me subí en mi R-5 y conduje hasta Ibi, el pueblo alicantino desde el que me llamó mi antiguo compañero. Una pequeña localidad en un extremo de un valle a menos de 30 kilómetros de la costa pero a 800 metros de altura. Orografía y situación confieren al lugar un clima y unas características especiales. De aquí, en el siglo XIX, surgió la industria del helado cuyo principio radicaba en la técnica de conservar, en hondas cavas o neveros, la nieve que luego los heladeros pioneros acarreaban a cientos de kilómetros de distancia para usarla como materia prima.

Consecuencia de la anterior, el latón y la hojalata fueron el germen de una nueva industria. A principios del siglo XX surgió en Ibi la industria del juguete, lo que le valió a esta villa la denominación de «Centro Español del Juguete». Hasta mediados del años 60 el sector experimentó un crecimiento espectacular. En pocos años, la inmigración terminó por triplicar la población y la cantidad de espacio de los polígonos industriales comenzó a ser mucho mayor que la que ocupa el casco urbano. Y aunque hoy la industria se ha diversificado, en Ibi, en todo el denominado «Valle del Juguete» y en municipios próximos, se concentra el ochenta por ciento de la producción de cuantos juguetes se fabrican en España.


Un pueblo del interior de Alicante
No transcurrió mucho tiempo para que, con independencia de colaboraciones puntuales en aquella incipiente emisora de radio municipal que mi compañero trataba de dirigir, empezara a necesitar tener mi propia ocupación y, aunque disponía de dinero ahorrado, contar con nuevos ingresos. Conseguí hacerme con la corresponsalía del periódico de referencia en la provincia, el diario Información. Empecé a recuperar el hábito de escribir para redactar noticias, crónicas y algunas entrevistas. Con ocasión de alguna visita que necesariamente tenía que hacer a Madrid para resolver asuntos o cobrar atrasos en Prado del Rey pendientes de mi anterior trabajo en televisión, aprovechaba para entrevistar a cualquier personaje popular que se me pusiera a tiro. Así lo hice, por ejemplo, con Chicho Ibáñez Serrador que por entonces dirigía la última temporada de su celebérrimo «Un, dos, tres». Este tipo de trabajos me proporcionaban un tipo de material que acababa por publicarse en páginas destacadas como contraportadas o en especiales dominicales lo que, en consecuencia, me proporcionaba ingresos extra, lo que siempre venían muy bien.

Mi mayor pericia con la prensa escrita supuso verme involucrado en el proyecto de fundación de una nueva publicación periódica local en la que, desde un principio, fui el único redactor para todas las secciones, un trabajo árduo, ingrato y mal retribuido que me originó más problemas que satisfacciones. La irrupción en la provincia del diario «El Mundo», cuando abrió una nueva delegación en la capital, me proporcionó la oportunidad de convertirme en un free lance y, aunque no me identificara con su línea editorial, pude publicar grandes reportajes sobre fiestas locales de toda la provincia, que no eran pocas, y otros temas de sociedad. Casi sin darme cuenta, me fui acomodando en el sitio al que había llegado con el propósito de pasar unos días de vacaciones.

Fue durante ese tiempo cuando tuve ocasión de conocer a la persona que hasta la fecha, más generosa y compresiva ha sido conmigo. Un psicóloga a la que conocí en una fiesta y que poco después acudió a mi, como empezaban a hacer muchos otros profesionales liberales, comerciantes y responsables de negocios, para pedirme consejo sobre cómo promocionar su actividad profesional. Aunque por entonces tenía una pareja con la que mantenía una relación tan inestable como aburrida, a veces incluso incómoda, empezamos a salir. Pronto congeniamos y nuestra relación adquirió un carácter romántico con el que disfrutamos de días muy felices. Tras un rápido viaje de fin de semana a Madrid para celebrar nuestra recién estrenada relación, decidimos comenzar nuestra convivencia en pareja. Todo me hacía presagiar que, por fin, había encontrado a la persona adecuada. Mi nueva compañera llegó como un regalo llovido del cielo y no me resultó difícil hacer de lo nuestro un proyecto sólido y con futuro.

Por entonces, después de cerca de veinte años en Lieja, ciudad belga en la que había venido ejerciendo como director de la Casa de España, a mi padre le llegó el día de su jubilación. Su despedida de aquella ciudad tuvo una gran repercusión, de lo que dejó constancia la prensa local y una gran fiesta para la que, por primera vez en mucho tiempo, se unieron sectores de la emigración española tradicionalmente enfrentados. En poco tiempo mis padres organizaron su viaje de vuelta definitiva a España. Mi residencia en Alicante y sus deseos de disfrutar de la luminosidad y el apacible clima mediterráneo después de haber pasado tanto tiempo bajo el frío y plomizo cielo centroeuropeo, les animó a buscar una casa cerca del mar, en San Juan.

Todo comenzó a cambiar de forma tal que, casi sin darme cuenta, empecé a adoptar nuevas filosofías de vida en las antípodas de las que hasta no hacía mucho tiempo habían sido las que imperaban en mi vida, siempre dispuesto a mudar de residencia y a comenzar un nuevo trabajo en cualquier parte. Ahora, las circunstancias requerían comenzar a pesar de manera bien distinta. Todo apuntaba a que lo que viniera lo haría, a partir de entonces, en clave de tranquilidad y que, junto a mi pareja, lo compartiríamos con felicidad lo que, cuando asaltaba mi memoria, me hacía suponer que ya quedaban definitivamente en un lejano recuerdo todas aquellas esperanzas de vivir la vida que siempre creí era la que me correspondía, allí en Galicia y con aquella muchacha de la que, a pesar de todo, siempre llevaba conmigo como un recuerdo imborrable grabado en mi corazón.

Los cambios empezaron por plantear la necesidad de disponer de nuestro propio negocio y así, mi pareja y yo, decidimos dar un cambio de rumbo a nuestras respectivas vidas. Ella dejaría a un lado su consulta clínica de psicología y yo mis labores periodísticas para, sumando habilidades y experiencias, poner en marcha un negocio con el que ofrecer orientación y formación para profesionales, servicios de selección de personal para empresas y, paralelamente, trabajos de promoción, marketing y campañas de publicidad para comercios e instituciones. Llegamos a fundar una pequeña revista de bolsillo de reparto gratuito que, con la base de sencillas secciones fijas, funcionaría como soporte, económico y eficaz, para la difusión y promoción de los comercios y servicios de cada localidad en la que se distribuyera. Todo funcionó incluso mejor de lo inicialmente esperado hasta que comenzaron los años en los todo quedó lastrado por los efectos de una crisis económica tan inesperada como demoledora.

Pronto vimos en riesgo el producto de nuestros esfuerzos y, antes que soportar un colapso total, nos vimos obligados a dejar de publicar aquella pequeña revista e incluso a despedir a algunas de las personas que hasta la fecha habían venido colaborando con nosotros en un ambiente de trabajo que siempre fue más familiar que jerárquico. Unas nuevas circunstancias que, no hay porque negarlo, llegaron a influir en nuestra relación hasta desatar momentos complicados en la convivencia. Además de la crisis global que estaba convulsionándolo todo, otra se estaba desatando en nuestro mundo interior afectando a nuestra intimidad.

Y ya se sabe, las desgracias nunca vienen solas. A consecuencia de una fractura de cadera que se produjo por una caída fortuita, el estado de salud de mi madre empezó a decaer a pasos agigantados. Una noche recibí una alarmante llamada de mi padre.

-Tu madre está muy mal, no sé que puedo hacer-, me dijo en un tono de evidente nerviosismo.

Me era inusual encontrar a mi padre tan sumamente desorientado y eso me causó aún mayor alarma. No dudé en desplazarme con urgencia hasta casa de mis padres que, aunque próxima, suponía recorrer una distancia suficiente, parte de ella por el casco urbano de Alicante, como para que se tardara un tiempo que esa noche se me hizo interminable. Cuando llegué encontré a mi madre francamente mal. De inmediato pedí una ambulancia. Por suerte el hospital, el mismo en el que la operaron, estaba muy cerca, pero la ambulancia tardaba una eternidad. A nuestra llegada a Urgencias, nos acomodaron en una pequeña salita en la que esperamos solos, sin compañía de otras personas. Al cabo de un rato llegó la peor de las noticias posibles. El Universo entero parecía haberse confabulado en nuestra contra, dejando caer todo el peso de su crueldad más despiadada. Grandes cambios estaban a punto de llegar.

Trabajar en la radio. Te Olvidaré... cap. V

A partir de entonces ya no hubo más contacto, aunque muchas veces sentí la necesidad de ir a buscarla, cada una de esas veces siempre pensé que hacerlo no supondría sino alargar la agonía, la terrible angustia de sentir el gran vacío de su ausencia, algo a lo que, a pesar del transcurrir de los años, nunca terminaba de acostumbrarme. No podía saber qué estaba siendo de su vida, ni si tendría una relación y, lo más determinante, las circunstancias no me permitían, bien por estudios, bien por trabajo o por escasez de posibilidades, hacerme mayores esperanzas. Recuerdo cómo, cuando llegué a tener mi primer coche, pensé que pronto, en uno u otro momento, viajaría hasta Moaña aunque solo fuera por el gusto de dar un paseo por aquella carretera, aunque la verdadera razón no era otra que la esperanza de volver a encontrarme con ella, mi gran amor. Siempre estuvo presente en mis pensamientos. En los momentos difíciles, cuando todo se ponía en contra, añoraba su mirada, el consuelo de su sonrisa, el eco de su dulce voz, su ternura reconfortante. Pero también cuando llegaban las horas de celebración, de fiesta, de éxito, de alegría, invocaba su nombre y mi mente gritaba en silencio ¡ojalá estuvieras aquí!. Siempre me faltó su presencia, siempre quise compartir con ella los momentos especiales, buenos y malos, que se suceden a lo largo de la vida.  Nunca, nunca llegué a olvidar a mi dulce y querida niña gallega.


Travesía por el Atlántico
Aunque había ocupado un tiempo dilatado, mi experiencia en la Marina fue, en términos generales, positiva. Había recibido formación y contaba con experiencia de haber trabajado con dispositivos electrónicos; había tenido la oportunidad de navegar y de conocer muchos puertos de la península y de las islas; tuve la ocasión de conocer otros países, crucé el Atlántico, había atravesado el inquietante Triángulo de las Bermudas y conviví con jóvenes estadounidenses en la base naval de Jacksonville, en el estado de Florida. Y ahora, con 20 años recién cumplidos, estaba libre de compromisos y listo para matricularme en la Universidad. Estudié Periodismo, una de las ramas de Ciencias de la Información y también, alentado por una vocación que me venía de lejos, quizá desde la infancia cuando descubrí entre mis vecinos ilustres estrellas radiofónicas como Matilde Conesa o Pedro Pablo Ayuso, completé un curso extra de Locución, Redacción y Realización Radiofónica en el desaparecido Centro Español de Nuevas Tecnologías. 

No quise perder mi condición de emancipado así que, pesar de estar en mi ciudad y con gran disgusto para mi madre, opté por irme a un piso de alquiler compartido con otros estudiantes. Y no, no fui de los que llevaba su ropa sucia a casa, ni hacía visitas intempestivas para arramplar con lo que hubiera en la nevera aunque, bien es verdad que mi madre me preparaba, o cuando cocinaba algo especial me reservaba, esas cosas que tanto me gustaban. Todos, absolutamente todos, podemos coincidir en que nadie cocina mejor que tu madre, la persona que además de tu carácter, también educó tu paladar desde la más tierna infancia.

Vivir fuera de casa me impuso la necesidad de trabajar, tener ingresos para pagar el alquiler y mis otros gastos. Durante mi tiempo en la Marina, como consecuencia de los emolumentos recibidos, sobre todo por los conceptos que derivaban de haber hecho un largo  viaje de ida y vuelta a los Estados Unidos, pude ahorrar lo suficiente como para poder comprar mi primer coche, un pequeño Seat 133 de segunda mano con el que llegué a viajar hasta Berlín con otros dos buenos amigos. El viejo Seat se portó como un valiente y me duraría algún tiempo más que el que ocupó terminar la carrera. Recurrí a todo tipo de actividad con la que pudiera obtener ingresos sin menoscabar mi tiempo de asistencia a clase. Vendí libros y seguros, serví copas, pinché discos, trabajé en un Banco como captador de pasivo, fui redactor auxiliar en una revista de turismo y, aunque por ello no obtuve contraprestación económica directa alguna ya que se trataba de una  plaza de lo que por entonces se denominaba “meritorio”, o sea, una plaza en prácticas, fui locutor de Radio Cadena Española en Radio Juventud de Madrid, emisora en la que tuve ocasión de dirigir de tres proyectos. El primero fue un espacio de contenido humano, de una hora semanal en la tardes de los martes, razón por la que lo bauticé con el nombre de «Artículo 2» en alusión a los “Los Estatutos del Hombre” de Thiago de Mello que, según la traducción de Pablo Neruda, reza que «queda decretado que todos los días de la semana, incluso los martes más cenicientos, tienen derecho a convertirse en mañanas de domingo».


-Venimos del aeropuerto-, me dijo. -Acabamos de llegar de Berlín con las mezclas definitivas del nuevo álbum que saldrá dentro de unos días-

No fui consciente de lo comprometido de este programa hasta que un día, al terminar uno en el que con ocasión de la celebración del «Día del Pueblo Gitano», habían venido a explicar sus respectivas posturas representantes de Presencia e Integración Gitana, fui objeto de una agresión de la que, según parece, salí demasiado bien para lo que pudo haber sido. La Policía concluyó que, al salir de la emisora fui seguido por alguien, quizá más de un individuo, posiblemente integrantes de algún grupo de corte nazi que, dicho sea de paso, no eran tan infrecuentes en el barrio de Salamanca en el que se ubicaba Radio Juventud. Recuerdo que entré en una cabina para llamar a la persona con la que había quedado para avisar de que llegaría más tarde de lo previsto. En medio de la llamada, como pudo escuchar mi interlocutor, se pudieron oír unos gritos y un golpe seco. No comprendí muy bien que decían pero sentí en la sien izquierda un fortísimo golpe propinado quizá por una barra de hierro, quizá por un bate, no sé, pero era algo muy duro. Atontado sentí que me arrastraron sacándome de la cabina telefónica y que empecé a recibir todo tipo de golpes y patadas. Perdí el conocimiento. Desperté, completamente aturdido, en una Casa de Socorro. Pude dar el teléfono de casa de mis padres y, al día siguiente desperté en el hospital. Cuando por primera vez me miré en un espejo no me reconocí. Tenía la cara totalmente desfigurada y, a excepción de la nariz rota, afortunadamente todos mis huesos estaban enteros. Tardé más de diez días en empezar a recuperar mi aspecto, aunque siempre me quedaría una nariz algo diferente, como más grande y retorcida, como la típica de un boxeador.

El segundo proyecto me comprometió a algo más y supuso asumir más responsabilidades, no sin haberme granjeado antes la confianza de Ernesto Pérez de Lama, el director de la emisora. Se trató de “Hoy Mañana”, un programa diario de una hora de duración que implicaba madrugar, abrir la emisora a primera hora de la mañana, para lo que se me confiaron mi propias llaves. Debía arrancar los equipos y contribuir a que, a partir de las siete de cada mañana, nuestra audiencia despertara con optimismo e información sobre las actividades que estuvieran convocadas para el día.

Eso de “arrancar los equipos” suponía llegar con antelación suficiente para, una vez encendidos los transmisores y los amplificadores, ambos con circuitos de enormes válvulas de vacío, diera tiempo a que calentaran lo necesario como para que todo funcionara perfectamente antes de iniciar la emisión. También los motores de los platos giradiscos necesitaban su tiempo antes de estar en condiciones de funcionar a la velocidad adecuada.

Con este proyecto llegué a recibir muchas cartas, algunas firmadas por los que tiempo después llegaran a ser nombres populares, como por ejemplo Guillermo Fesser y José Luis Cano, conocidos más tarde como «Gomaespuma». Tuve, además, ocasión de conocer a muchos artistas y famosos que, en ocasiones, venían a compartir conmigo algunos minutos del nuevo día, algunas veces provistos de reconfortantes cafés o chocolate con churros.


Santa Lucía
Una de las anécdotas más llamativas y emocionantes relacionadas con este programa me la proporcionó el mismísimo Miguel Ríos. Acompañado de Carlos Narea y alguien más cuyo nombre, con perdón, no recuerdo, el viejo rockero apareció un buen día en el estudio con una cinta de bobina abierta bajo el brazo.


¡No me lo podía creer!, pero tenía su lógica. En aquel tiempo, a esas horas de la mañana, Radio Juventud era la única emisora de FM de todo Madrid, libre de obligaciones con sus respectivas cadenas y por tanto dueña de su tiempo.

-Si puedes, pon el segundo corte que será el single-, me pidieron.

Y así, mi programa, el programa de aquel modesto meritorio estudiante de Periodismo fue donde se estrenó «Santa Lucía», una canción de Roque Narvaja, primer single del nuevo LP de Miguel Ríos en 1980, «Rocanrol Bumerang». Ni que decir tiene lo orgulloso que me sentí y la impresión que me causó aquel inesperado acontecimiento. Quizá fue eso lo que catapultó mi programa hasta llamar la atención de cierto productor que empezó a contratar publicidad para mi espacio, lo que repercutió de manera muy notable en incrementar mis raquíticos ingresos. Aquella temporada tuve, además, ocasión de colaborar con otros programas de la misma emisora, gracias a lo cual dispuse de la ocasión de conocer a nuevas gentes, como por ejemplo una tal Luz Casal, la chica de los pantalones de cuero que siempre tenía un libro entre sus manos. Cuando en cierta ocasión, durante una visita a las oficinas de Polygram en Madrid, pude escuchar la maqueta de «El Ascensor», su primera grabación, no fui capaz de adivinar, hasta que me desvelaron la incógnita, que la dueña de aquella voz tan potente y con tan impresionante carácter era precisamente la de ella.

Al año siguiente, el último antes de concluir la Facultad, pude llevar a cabo mi tercer proyecto que, modestia aparte, imprimió carácter. Se trató de «Ni Corto, Ni Perezoso», el primer programa del dial de FM que ocuparía toda la noche enlazando el hasta entonces último programa del día anterior, con el primero de la mañana siguiente. Dadas mis posibilidades el programa solo se emitía los viernes y sábados, y aunque pronto puso en evidencia el interés de lo que parecía ser una gran audiencia, lo cierto es que la idea no prosperó en la emisora aunque muy pronto otras cadenas imitaron la idea, pionera por entonces cuando las únicas emisoras que podían sintonizarse durante la madrugada venían siendo las convencionales de Onda Media. A pesar de todo, aquella fue una época de grandes descubrimientos y el reto, aún conllevando un gran esfuerzo, me aportó una enorme experiencia. Durante aquel año, cada fin de semana, estuve dando el relevo de la continuidad de la programación a un muchacho que llegaba a la emisora poco antes de las nueve de la mañana para hacer su propio programa musical, un tal Juan Ramón Lucas.

Y ni que decir tiene el que durante toda aquella época, inicios de los tiempos de la famosa "Movida Madrileña", mi relación con la radio me dio ocasión de asistir a muchas fiestas y saraos, y me proporcionó el privilegio de ver, desde sitios inaccesibles para el público, eso que llaman el backstay, conciertos y actuaciones de infinidad de artistas, desde los de moda y efímero éxito, hasta los consagrados y de larga trayectoria como lo fueron, algunos todavía lo son, Supertramp, Génesis, The Who, Dire Straits o Fleetwood Mac, entre otros muchos. Y no es que fuera yo un ligón, ni mucho menos un tipo atractivo, nunca lo fui, pero me surgieron admiradoras e incluso las hubo que insistieron  en sus proposiciones hasta la saciedad, pero jamás saqué provecho de ninguna de esas situaciones. Siempre podré llevar a gala que todas mis relaciones tuvieron su origen en otro tipo de circunstancias.


Al concluir la carrera, que durante el último curso compaginé con lo que hoy sería un master, emprendí la búsqueda de empleo y, a pesar de poder hacerlo en Madrid, acepté una oferta de una emisora de Elche. Hubiera preferido que hubiera llegado de cualquier rincón de Galicia, puesto que, como siempre, tenía a mi gran amor en el pensamiento, pero nunca llegó y confieso que lo busqué con interés. Aunque por entonces todavía no parecía ser un requisito excluyente, lo cierto es que el buen conocimiento del idioma local empezaba a ser una necesidad. Hice cuanto pude para poner mi conocimiento del valenciano-catalán al nivel coloquial indispensable para mi trabajo. 

Con la adjudicación de nuevas frecuencias a mediados de los años 80, la empresa para la que trabajaba abrió una nueva emisora en Elda, una de las localidades con mayor población de la provincia. Por ese motivo, junto a un grupo de veteranos y veteranas compañeros y compañeras, puse mi voz y mi trabajo al servicio de ese proyecto que, al poco, se adjudicó un notable éxito. Todavía me ruboriza recordar que me pidieran autógrafos en los restaurantes en los que coincidíamos con compañeros de otros medios.


Al cabo de no mucho tiempo, la Cadena SER abrió su propia emisora en Elche y me hicieron una oferta que acepté. Pero no duré ahí mucho tiempo porque, casi de inmediato, me ofrecieron un trabajo similar pero en una nueva emisora en la capital, en Alicante. Y estando allí recibí una oferta de Antena3-Radio por lo que, tras un breve paso por Madrid, ocupé el puesto de Jefe de Programas en su emisora de Cádiz, ciudad de especial encanto en la que hice buenos amigos y en la que viví acontecimientos de especial interés, como por ejemplo la llegada del entonces Príncipe de Asturias al buque escuela Juan Sebastián Elcano para iniciar sus prácticas como guardiamarina.

Quizá por su relación con la mar oceana, en Cádiz conocí a algunos gallegos que residían allí. Hablar con ellos, escuchar ese inconfundible acento, reavivaba mis nostalgias, o sea, me provocaba la típica morriña. En mi cabeza y en mi corazón residía el mismo recuerdo. Fue también durante ese tiempo cuando experimenté la relación de pareja con la que más me llegué a ilusionar, aunque no lo suficiente como para eclipsar de mi memoria el recuerdo de la muchacha moañesa que siempre la ocupó. Fue con una compañera de profesión. Era redactora delegada del Diario de Cádiz en el Puerto de Santa María, una mujer verdaderamente guapa, muy profesional e inteligente. Tuvimos una relación intensa, apasionada. Llegamos a hacer planes y todo pareció indicar que podría ser una relación definitiva para ambos. Sin esperarlo, ni pretenderlo, quedó embarazada y eso hizo que considerara la transcendencia de ser padre, con lo que me llegué a ilusionar pero, dado que su objetivo era un trabajo en televisión, meta que ya veía próxima, decidió no gestar ese hijo, algo a lo que, por respeto y a pesar de exponerle mis razonamientos, no pude oponerme. Tuve que transigir con su decisión pero la relación terminó ahí. Aquello fue un palo tan severo que me resultó muy difícil encajar. Tanto que sentí la necesidad de marchar lejos de allí. 

Al poco tiempo volví a Madrid. Hice el intento de trabajar en unos estudios de doblaje en los que se adaptaban diversas series americanas. De ahí que mi voz fuera, ocasionalmente, la de algunos personajes de series como aquella tan popular de «La Casa de la Pradera». Pero el escaso trabajo no alcanzaba para cubrir mis necesidades y, las vueltas que tiene la vida, mira por donde fui yo el que acabó trabajando en la tele. Insté a un puesto de locutor-redactor que ofrecía un programa de «La 2», un informativo juvenil que se llamaba «El Domingo Es Nuestro», lo que, mientras duró la temporada, me proporcionó un medio de vida. Se agradecían muy especialmente las comisiones de servicio, retribuciones muy generosas que TVE pagaba cuando el trabajo encomendado obligaba a desplazamientos fuera del lugar de residencia. El tener que hacer acopio de material para cada programa motivaba que el equipo de producción se desplazara a los sitios en los que acontecía algo de interés. Cuando acabó la temporada el productor me aseguró tenerme en cuenta para la siguiente pero, avatares de las programaciones, esa nueva temporada nunca llegaría a comenzar. Al menos durante aquellos meses pude conocer a algunos de los integrantes de un programa con el que compartíamos sala de redacción y que llegaría a ser un hito en la historia reciente de la televisión en España: «La Bola de Cristal».