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Y comenzó a ser mi prioridad - Te Olvidaré... cap. XVI

Puesta de sol
El tiempo voló. Fue un fin de semana tan maravilloso como efímero, fue nuestro primer encuentro después de más de treinta y tantos años, cuando ya nuestras respectivas vidas habían experimentado todos sus acontecimientos más relevantes, cuando el tiempo inmisericorde ya no nos permitiría recuperar lo vivido. Camino de vuelta a casa, mientras a través de las ventanillas del vagón del tren contemplaba melancólico como comenzaba a ocultarse el sol, no podía dejar de pensar en todo lo que esa mujer, la más importante de mi vida, me había ido contado durante esos dos días en Madrid. Sobre su improvisada boda; sobre cuál podría haber sido, con independencia de los sentimientos que pudiera haber existido entre ellos, la auténtica razón para que celebraran su boda tan austera y precipitadamente; sobre su maternidad; sobre sus veintidós años de matrimonio hasta que llegó el divorcio; sobre la precaria afectividad familiar que evidenciaba el que sus suegros hubieran llegado a morir sin haber querido conocer a dos de sus nietos; sobre las estrecheces económicas a las que venía haciendo frente desde la quiebra del negocio que según sus propias palabras “se llevó muy mal”. Me causaba una honda preocupación pensar en las consecuencias de aquel fracaso, sobre todo en las familiares. Para mi, que nunca llegué a tenerlos, suponía algo espantoso el que un problema económico fuera suficiente para romper el trato familiar entre hermanos.

Según parece, sus problemas comenzaron cuando decidieron comprar a los padres de él unas naves en las que ubicar el negocio, un espacio necesario para almacenar y, en su caso fabricar, productos de puericultura como carritos, cunas, bañeras y todo tipo de accesorios para bebés. Ambos confiaban en el éxito del negocio pensando que ante el acontecimiento del nacimiento de un hijo, nadie escatima a la hora de adquirir o de regalar todo ese tipo de artículos. Pero lejos de recibir algún privilegio en el trato, los suegros fueron implacables a la hora de negociar y hacer cumplir las condiciones de la venta. Eso supuso la rápida descapitalización del incipiente negocio. Lo que ocurrió después es que los ingresos no llegaron con la suficiente agilidad como para equilibrar el balance hasta que, finalmente, la acumulación de gastos colapsó el negocio. No dejó de extrañarme que esa hubiera sido la única causa del descalabro ya que, una vez comprobado que no existiría flexibilidad en las condiciones, el matrimonio podía haber optado por buscar otro vendedor, incluso por alquilar en vez de comprar. Quizá pensaron que, al tratarse de una operación entre familiares, jamás se llegaría a los extremos que fatalmente terminaron por ocurrir. Quizá también tuviera alguna relación con semejante fracaso el hecho de que un célebre fabricante galo de carritos para niño denunciara el posible plagio de uno de sus modelos, o quizá el del que, como ella lamentaba, una de sus hermanas con responsabilidades comerciales en el negocio decidiera, unilateralmente, abandonar la empresa para incorporarse inmediatamente después en otra de similares características aprovechándose del conocimiento que tenía de la cartera de clientes del negocio familiar. En cualquier caso y fuera por lo que fuera, la empresa se vio abocada al cierre, todas sus propiedades fueron embargadas, así como el patrimonio personal de ambos socios. Finalmente, los embargos y reclamaciones de los bancos alcanzó a los avalistas, lo que afectó al patrimonio de otra de sus tres hermanas. No obstante, mientras dispusieron de capital, parece que el matrimonio no escatimó en lujos y caprichos desde coches de alta gama, hasta, por ejemplo, figurar entre los socios fundadores de un club de golf que por entonces se inauguró en la zona. 
artículos de puericultura


Después de que, durante nuestro primer encuentro, escuché de su propia voz los pormenores más significativos de su vida, la preocupación que empecé a sentir no era por algo anecdótico que le estuviera ocurriendo a una persona de la que se tiene una mera referencia, sino que la sentía por los problemas que estaban influyendo en la felicidad de la persona que para mi estaba siendo la más importante del mundo. Sus preocupaciones pasaron a ser también las mías y a partir de ese momento mi mayor inquietud empezaría a ser qué hacer y cómo para que cualquier preocupación la impidiera ser plenamente feliz. Solemos decir que el dinero no da la felicidad, pero su escasez siempre la aleja. El panorama que me había dibujado no parecía nada fácil y, aunque se autodefinió como una mujer “luchadora”, sabía, por propia experiencia, que enfrentarse de forma prolongada a situaciones de precariedad termina por alterar la personalidad, incluso en mermar la salud. Hacía días de la boda de su hijo, tenía otra hija universitaria estudiando y viviendo fuera de casa, no contaba con ayuda de nadie, ni siquiera de su eventual pareja para afrontar los gastos domésticos comunes, incluido el alquiler, y, para colmo, debía hacer frente a los imprevistos que se le presentaran. Una vida demasiado estresante para una persona que, a su edad, debería estar viviendo una etapa de tranquilidad, algo que sus circunstancias, estaba claro, no estaban poniendo nada fácil.

Mientras el tren me acercaba de vuelta a Alicante, sentía como la nostalgia me oprimía el corazón. Hacía pocas horas que nos habíamos despedido y ya la estaba echando de menos. Volver a verla fue como un auténtico milagro que no hubiera imaginado que pudiera suceder ni en el mejor de mis sueños. La encontré tan bella como la recordaba. Cierto es que el tiempo deja sus huellas, pero ella seguía siendo una mujer de belleza escultural. Reconocí la dulzura de su mirada, su embriagadora sonrisa, un tono de tierna inocencia en su voz adornada con ese dulce acento gallego, la suavidad de su bronceada piel y los luminosos destellos que surgían de entre los rizos de su largo cabello. De la misma manera que cuando tantos años atrás la conocí, también ahora me preguntaba cómo una mujer tan deslumbrante podía haberse fijado en mi. Sentado en el tren, me recreaba en recordar cada uno de los detalles de nuestro encuentro, incluso los que, además de provocarme un amor infinito, también me hacían sonreír, aunque en su momento llegaron a causarme cierta estupefacción. En nuestra “primera vez”, antes de permitir que las pasiones se desataran en la habitación de nuestro hotel, le expresé mi preocupación por haber llegado hasta ese momento desprovisto de la aconsejable “protección”. Teniendo ante mi a una mujer de su aspecto, lo más fácil fue olvidar que se trataba de una alguien en plena madurez y lo más difícil mantener la sensatez.

-Cariño, no he venido preparado-, le comenté preocupado-
-Bueno ¡me da igual!-, respondió.
-Pues, si pasara algo, no quisiera ser el padre de mi nieto-
-Pero a mi no me importa-, me respondió. Una respuesta que en ese momento me estremeció.
-Después de nacer mi hija opté por hacerme ligadura de trompas- Su tranquilizadora explicación dejó el camino expedito a la pasión que, por momentos, me hizo imaginar que cuanto estaba sucediendo ocurría en un tiempo anterior, exactamente treinta y dos años atrás. Fue, como volver a los diecisiete.

Cuando al cabo de unas horas desde mi salida de Madrid, llegué a la estación de Villena, mi punto de partida de tan solo dos días antes, mis amigos esperaban para llevarme de vuelta a casa. Durante el corto trayecto en coche la conversación fue intrascendente. Charlamos sobre el tiempo, el estado de Madrid, el trabajo..., mientras yo trababa de disimular mis auténticas emociones. Cuando me dejaron en la puerta de mi casa y se marcharon, antes de subir me apresuré a telefonearla. Ella, que había regresado, tal como hizo el viaje de ida, en avión, ya llevaba horas en su casa.

-Hola cariño ¿Qué tal tu viaje?-
-¡Mucho más rápido que a la ida, sin retrasos!-
-Sí, porque nos robaron un par de horas-
-Ya las recuperaremos-
-Tenemos que recuperar mucho, mucho tiempo, amor-
-Y lo vamos a hacer-
-Ya te estoy echando de menos. Ha sido fabuloso estar contigo-
-También para mi lo fue. Volveremos a vernos muy pronto-

Sus últimas palabras me llenaron de entusiasmo. Sin lugar a dudas debía emprender todo lo necesario para hacer posible nuestra convivencia, nuestro proyecto en común, recuperar lo que durante toda la vida ambos anhelamos y nunca pudimos tener. Pero traspasar el umbral de la puerta de mi casa supuso el regreso a la cruda realidad. La que hasta entonces había venido siendo mi pareja, ahora únicamente compañera de piso, me recibió amable, pero eran más que evidentes los signos de su sufrimiento por mucho que intentara ocultarlos.

-Tu padre llamó por teléfono. Le dije que estabas fuera por un asunto de trabajo-.
-Te lo agradezco mucho. Cuando sea el momento oportuno yo mismo le pondré al corriente de la nueva situación-, le respondí.

No era lo más oportuno hacer mayores comentarios en ese momento. Venía de verme con quien siempre, desde mi incipiente juventud, vivió en mi recuerdo como el gran amor de mi vida y estaba dispuesto a aprovechar la oportunidad que el destino me ponía delante. Recuperaría la vida a la que nunca tuve opción, pero no deseaba hacer daño a quien había convivido conmigo los últimos años y que siempre fue una gran compañera, una persona con la que no había tenido más conflictos, ni mayores discrepancias que las propias de quienes conviven bajo un mismo techo y, posteriormente, de quienes comparten la administración de un pequeño negocio. Sabiendo que no podría llevar adelante mis propósitos sin lastimar sus sentimientos, tendría que obrar con la mayor sutileza y dándola a entender que siempre atendería mi parte de las obligaciones que un buen día acordamos compartir. Era consciente de que no tenía ningún derecho a dejarla en la estacada y de que, de la misma manera que debía seguir ocupándome de mi padre, también tendría que tener en cuenta que un día me comprometí a trabajar por conseguir lo que ambos considerábamos sería la clase de vida que merecíamos ¿Cómo pasar por alto todas las cosas que habíamos compartido?, los tiempos duros, los problemas superados, las batallas contra las adversidades, los días felices, las aventuras, las excursiones, las noches contemplando las estrellas, nuestros pequeños logros, el día que estrenamos coche, cada uno de esos momentos festivos en los que celebrábamos con champán un nuevo mueble, unas cortinas nuevas, el aire acondicionado o un nuevo electrodoméstico… Por naturaleza, hasta que en cada momento los motivos superaron con creces lo razonablemente soportable, siempre, en todas mis relaciones fui fiel. No soy de los que necesitan reemplazar ocasionalmente a su pareja y sí de los que ven en ella tanto a la mujer, como a la compañera con la que compartirlo todo. Creo que no hay vida completa sin compartir cuanto acontezca, bueno o malo, con quien puedes considerar tu amiga, tu confidente, tu amante y tu “cómplice”. 
Mi ex pareja esperaba


Iba a ser duro, muy duro afrontar las circunstancias inevitablemente implícitas en mi decisión. A la vista de todos estaba cometiendo una locura, dejándome llevar por un impulso vehemente, incluso pudiera parecer que estuviera tomándome la revancha de una frustración ocurrida en los años de mi juventud; pudiera, simplemente, estar tomando una postura injusta, egoísta y caprichosa. Pero para mi se trataba de algo vital, de algo de mucha mayor enjundia de lo que pudiera parecer. Cuando ya eres persona adulta y madura, con los cincuenta ampliamente superados, la decisión de renunciar a todo para comenzar de cero una nueva vida con otra persona, es algo que no se hace por simple capricho. Trataba de volver sobre mis pasos para retomar la vida que los imponderables me negaron. Mi antiguo amor no era solamente eso, un amor de juventud, sino que era parte de mi vida, una vida injustamente negada, un hito en mi propia historia siempre  condicionada por una sucesión de circunstancias que excluyeron mi posibilidad de elección. Era un sueño, sí, una especie de milagro, pero también un realidad palmaria a la que no podía renunciar. Estaba convencido de que aquello no era un mero reencuentro con una persona importante del pasado, sino la providencial oportunidad de recuperar todo aquello a lo que en su momento me vi obligado a renunciar. Estaba ante la persona adecuada. No solo hablaban los sentimientos aletargados, la nostalgia o el deseo, hablaban las evidencias ¿Cómo era posible que después de más de treinta años la mujer que fue aquella niña que conocí, guardara todavía viejas fotos y cartas, además de coincidir plenamente en que aquella separación fue una injusta circunstancia de la vida?

El calendario señalaba fechas próximas al fin de aquel mes y, sin poder de dejar de pensar en los muchos problemas que tendría que afrontar, decidí enviarle algo de dinero. Mi situación financiera no dejaba de ser complicada, pero ella era mi prioridad así que, haciendo uso de los datos de la cuenta bancaria que me facilitó cuando, días atrás, me pidió que avalara la solicitud de un préstamo para preveer las nuevas necesidades de su hija, le ingresé trescientos euros, tanto como me fue posible en ese momento. Después de hacerlo la llamé para advertírselo.

-He cobrado unas facturas con las que ya no contaba -le dije-, un dinero extra. Así que te he ingresado una pequeña parte en la cuenta que me facilitaste de la que tu hija es titular ¿Tú puedes disponer, verdad?-
-Si amor, tengo firma autorizada-.


Aquel sería el primero de otros muchos ingresos con los que, dentro de mis modestas posibilidades, intentaba contribuir a paliar sus estrecheces económicas. Pero además, dado que íbamos a seguir viéndonos en Madrid, le facilité los datos de mi tarjeta de crédito con la excusa de que se sirviera de ella para sacar billetes de avión y hacer reservas de hotel. Me proporcionó cierta tranquilidad el que, con esa tarjeta, pudiera atender cualquier tipo de imprevisto. Cuanto hacía no era sino anticipar lo que sería propio y natural en nuestra inminente convivencia, nuestro proyecto en común. Estaba considerando que ella ya era parte de mi propia familia. No podía imaginar que a mis años, tras todo lo pasado, fuera capaz de estar sintiendo lo mismo que sentí en mi juventud. La oxitocina que producía mi cerebro era la propia de un amor juvenil. De lo más recóndito de mi memoria surgían sin cesar todo tipo de recuerdos, incluso los de la inmensa tristeza, la gran amargura que me supuso la irremediable separación y posterior soledad. Me sentí como se sintió aquel muchacho que fui, deseoso entonces y capaz ahora. Su felicidad era lo único que podría dar sentido a mi existencia y yo estaba dispuesto a todo. Cuanto más lo repetía más claro estaba que ella siempre fue y siempre sería, el gran amor de mi vida.

Asuntos económicos - Te Olvidaré... cap. XV

Por suerte, en el Vip's próximo a la Puerta de Toledo que encontramos cerca del hotel nos sirvieron unos suculentos platos combinados con los que aplacamos el hambre y nos recuperamos del desgaste extra de un intenso día que ya alcanzaba las últimas horas de la tarde y que transcurría como una exhalación.


La zona de nuestro primer encuentro
-No puedes ni imaginar cuantas veces, ni de que manera, te he echado de menos a lo largo de mi vida-, le explicaba mientras todavía estábamos en el comedor en el que, si acaso, había dos o tres personas más compartiéndolo con nosotros.

No es que hubiera caído en hacer comparaciones de ningún tipo con las parejas con las que mantuve algún tipo de relación a lo largo de todos aquellos últimos años, pero repasando mis experiencias me daba cuenta de que siempre, por  una razón o por otra, al llegar con cada una de ellas a un punto decisivo, inevitablemente me asaltó un pensamiento recurrente que me trajo cada vez a la memoria a aquella dulce muchacha gallega a la que siempre añoré. Un sentimiento para el que la lengua gallega tiene una palabra exacta con la que definirlo: saudade. Recordaba especialmente la experiencia con cierta compañera de profesión con la que mantuve una más que estrecha relación en un periodo en el que ambos nos movimos ente Cádiz y Madrid. Cuando inesperadamente se quedó embarazada, decidió renunciar a la gestación porque en su objetivo de ese momento estaba llegar a trabajar en televisión, un objetivo que su embarazo podría poner en riesgo. Fue mi única y última experiencia en la que llegué a plantearme la paternidad. Tuve que respetar su decisión, pero en mi interior se abrió una herida profunda que no solo supuso el fin de aquella relación, sino de que me planteara la necesidad de pasar por una experiencia similar. El dolor me afectó prolongándose durante años hasta generarme, más que prudencia, rechazo ante todo lo que, más allá de la autenticidad de los sentimientos y del compromiso para consensuar una decisión como la tener un hijo, pudiera generarme iguales o similares consecuencias.

Viéndome allí, frente a frente, hablando de nuestras vidas con la mujer de la que me enamoré durante mis primeros años de juventud, la intensidad de la nostalgia quedaba diluida en la esperanza de recuperar junto a ella la vida  que, por circunstancias, siempre nos fue negada. Ya no éramos dos jóvenes, desde luego, ya no había cabida para esperar de nuestra convivencia otras consecuencias más allá de compartir una etapa postrera sobre la solidez de un amor deseado, auténtico, maduro, sincero y, sobre todo, romántico. A pesar de todo, significaba recuperar algo que, en justicia, a ambos nos pertenecía y que no era sino amarnos, disfrutando de una vida en pareja en busca de la auténtica felicidad.


Recreación del horizonte nocturno madrileño

La noche ya era manifiesta y el cansancio evidenciaba la intensidad de un día que, paradójicamente, parecía haber durado menos de lo normal. Regresamos al hotel. Ella hizo su habitual llamada que cada noche su hija esperaba, momento que aproveché para pasar a asearme al baño lo que, pensé, le proporcionaría mayor intimidad mientras hablaban. Tomé mi medicación y regresé a la habitación.

-¿Todo bien?-, le pregunté.
-Sí, sí…, ya le dije a mi hija que todo bien, que estoy muy feliz-, respondió.
-Supongo que estará sorprendida de lo que está pasando-
-Ya le hablé de ti y ella sabe quien eres-
-¿Y eso…?-
-Pues porque alguna vez te vio en la foto que hace años me mandó tu madre. Para ella eres “el novio militrioncho de mamá”, ya sabes-, una denominación que nos hizo sonreír.
-Seguro que si ahora me ve ¡no me reconoce!-
-Tenemos una relación muy especial-, me aclaró. -Me lo consulta todo, no tenemos secretos. Fíjate que me llamó un día antes de tener su primera experiencia sexual con su novio-
-¡No me digas!-, le respondí sorprendido.
-No es pasión de madre, es una persona muy espacial y una magnífica estudiante-, concluyó.

Estaba más que claro que su condición de madre sustentaba, como es lógico, auténtica pasión por sus dos hijos para los que no escatimaba los elogios a sus muchas virtudes. Ella, la menor, estaba concluyendo estudios universitarios de comunicación audiovisual en Salamanca. Él, el mayor, con treinta y cinco años cumplidos, se acaba de casar con su novia, una licenciada en farmacia, y además de destacar en su trabajo como un excelente comercial, era un deportista de larga trayectoria en el ciclismo amateur.

Si el día anterior me pareció corto, la noche fue como el paso de una estrella fugaz. Me desperté muy temprano lo que me proporcionó el regalo de observarla allí, a mi lado, sintiendo su respiración sosegada y su aspecto profundamente relajado. Era como estar viendo lo que hay más allá del infinito. Sentí la necesidad de amarla, de protegerla, de velar por su felicidad. Y así permanecí, mirándola sin mover un solo músculo por temor a despertarla, hasta el momento en el que, cuando ya entraban los primeros rayos de luz del nuevo día a través de los resquicios de las cortinas, se despertó. Me miró, sonrió y reclinó su cabeza en mi pecho. Tenía que pellizcarme para comprobar que no era un sueño, que estaba viviendo de verdad un momento que siempre formó parte de mis sueños más deseados. No podía sentir más amor, ni imaginar mayor dulzura.

-Buenos días amor. Vámonos a desayunar y aprovechemos el día-, le propuse consciente de que ese sábado iba a pasar en un suspiro.


nuestro primer paseo juntos después de 32 años
Desayunamos en un típico mesón próximo a la Plaza Mayor, por la que empezamos un largo paseo por el centro de Madrid mientras seguíamos poniéndonos al día de todas aquellas vicisitudes que ocurrieron en nuestras respectivas vidas durante tantos y tantos años en los que estuvimos separados. Así, caminando, llegamos a la Puerta del Sol, donde se sitúa el kilómetro cero de las carreteras radiales de España, y, poco más adelante, transitando por Arenal, le invité a asomarse a una bocacalle para que leyera, escrito sobre los toldos que cubrían las ventanas del entresuelo de una de esas viejas casas señoriales, el nombre de un restaurante.

-¿Qué pone ahí?-, le dije
-¡Moaña!-, contestó sorprendida
-¡Sí!, imagina de quién me acordaba cada vez que pasaba por aquí-, le dije mientras se sonreía.

Andamos y andamos sin pausa y sin percatarnos de que pudimos recorrer varios kilómetros, abstraídos más por las charla que por todo lo espectacular, como la plaza de Oriente, el Palacio Real, el Teatro Real y otras maravillas que se iban poniendo ante nuestros ojos. El paseo nos hizo llegar hasta las callejuelas del llamado Madrid de los Austrias que rodean la plaza de la Villa, emplazamiento de la primigenia Casa Consistorial del Ayuntamiento de Madrid. 


Puerta del Sol de Madrid
Allí comenzó a darme detalles de su boda. Sucedió siendo muy joven, todavía era una estudiante cuando se casó. Me contaba como, estando estudiando magisterio en Pontevedra, recordaba ir a clase estando embarazada, motivo por el que compañeros y profesores eran especialmente condescendientes con ella. Me resultó inevitable hacer cuentas y constatar que se casó apenas dos o tres años dmás tarde de habernos conocido. Me resultó francamente chocante. ¿Por qué tantas prisas? El novio resultó ser un muchacho de Cangas, localidad vecina y muy próxima a Moaña. Según parece él era hijo de familia adinerada y demostraba una gran afición por la fotografía. Lo que deducí es que aquella boda fue tan de repente porque él dispondría así de una excusa para quedar exento del servicio militar, obligatorio para todos los mozos varones de la época. Y si acaso ser padre de familia era eximente de tener que hacer "la mili", tal circunstancia se adquirió un carácter definitivo con el embarazo de ella. Confieso que me asaltaron pensamientos contradictorios al conocer esta historia, que me hizo sospechar que alguien pudo sacar provecho de sus sentimientos, pero no quise exteriorizar mi contrariedad mientras ella iba desgranando aquella parte de su historia.

-Fue algo muy sencillo, casi improvisado-, me confesó. -Nos casó un cura que me había dado clase en el instituto, pero yo no fui con traje blanco de novia, ni hubo ninguna ceremonia especial-

Cuanto me contaba me dejaba una sensación extraña pensando en que lo normal es que ese tipo de episodios, trascendentes en la vida de cualquier pareja con independencia de las convicciones religiosas, es que se preparen con tiempo y primor. Incluso en los casos de mayor austeridad, siempre hay algo extraordinario. Pero el relato de aquella boda sonaba a algo hecho con prisa, improvisado. Reprimí hacer preguntas. No era cosa de forzar que contara algo que le fuera a ser incómodo en ese momento cuando íbamos a tener todo el tiempo por delante para hablar con detalle de todo cuanto aconteció en nuestras vidas.  Sin embargo, me resultó aún más chocante saber que sus suegros, los padres de su ex marido, llegaron a fallecer sin haber querido conocer a sus dos nietos, un dato del que se deduce que el matrimonio nunca fue del agrado de sus suegros y que nunca contó con su aprobación.

En cualquier caso, aquel matrimonio duró veintidós años antes de que llegara el divorcio entre ambos. Concluyó justo después colapsar un negocio de artículos de puericultura que ambos emprendieron y cuya quiebra final supuso, además, la ruptura con dos de sus tres hermanas a las que el fiasco alcanzó como avalistas. Las consecuencias de serlo mermó sus respectivos patrimonios y afectaría a sus respectivas economías de por vida, desde el momento en el que los bancos hicieran valer los compromisos, como garantes que fueron de las operaciones de créditos, para exigir el cobro de la deuda. Para compensar aquella debacle de algún modo, ella me aseguró haber renunciado, en favor de sus dos hermanas perjudicadas, a la parte de la herencia familiar que en su momento le correspondería y que básicamente es la casa paterna, un caserón en un recóndito rincón de uno de los barrios de Moaña, que además de haber sido el hogar familiar, ahora ocupado por su madre, en otros tiempos fue, además, un bar-comedor, negocio que fue sustento de toda la familia.


Sentí una gran consternación al saber de esos malos momentos de su vida en los que no pude estar ahí para evitarlos, pero más honda fue la preocupación que me causó conocer el origen de lo que parecía hacerle arrastrar graves problemas económicos. Si quienes la avalaron estaban pagando las consecuencias, no lo haría ella en menor medida que, entre otras cosas y por esa razón, se veía privada de tener propiedades a su nombre y, además, estaba obligada a desprenderse mensualmente de una parte de su sueldo, que le era retenido tan pronto como le fuese ingresado en cuenta. Aún así, no solo hacía frente al sostenimiento de su casa y de ella misma, sino que tenía a una estudiante fuera de casa, lo que, aunque su hija compatibilizara los estudios con un trabajo de camarera que le proporcionaba algunos ingresos, suponía tener que atender otros gastos típicos de una estudiante universitaria. Mi economía tampoco estaba en su mejor momento y desde no hacía mucho tiempo, las circunstancias sobrevenidas me obligaban a hacer no pocos equilibrios para atender todas mis obligaciones, pero aún así me propuse, desde ese mismo instante, colaborar, en la mayor medida que me fuera posible, a paliar sus dificultades. No podía soportar la idea de que hubiera nada que la estuviera haciendo sufrir. Yo ya estaba ahí con la intención de cuidarla y con el firme propósito de velar por su felicidad.

Al fin solos - Te Olvidaré... cap. XIV

Le pedí a un amigo que madrugara para que me llevara en su coche a la estación de Villena, a unos treinta kilómetros de casa. El tren pararía un instante y partiría hacia Madrid de inmediato. Intentaba aparentar serenidad, pero en realidad los nervios me estaban reconcomiendo por dentro. Impaciente, esperaba en el andén el convoy que, si los horarios se cumplían, llegaría a su destino en poco más de tres horas y media, unos cuarenta minutos antes de que aterrizara su avión, tiempo justo para recorrer la distancia entre la estación y el aeropuerto y poder estar esperándola a su llegada. Por fin apareció mi tren. En cuanto ocupé mi asiento, una vez reanudada la marcha, me planté en el vagón cafetería. Allí permanecí un largo rato, viajando de pié, porque era incapaz de permanecer sentado. Tras el segundo café sentí unas ganas inmensas de fumar un pitillo, pero no es posible hacerlo en ningún transporte público y, además, a pesar de haber sido fumador toda la vida, había resuelto dejar de fumar ya que a ella ni le gustaba el tabaco, ni había fumado nunca. Imaginaba la mala sensación que le daría besar a una persona con sabor a cenicero, o sea, la mala impresión que podía causarle en un momento así un fumador como yo.

Mi punto de partida
En los últimos años, debido a las prohibiciones de hacerlo en espacios públicos, las restricciones en otros muchos lugares y, sobre todo, tras el motivador efecto del encarecimiento del precio de las cajetillas, muchos fumadores decidieron dejar de serlo. Todos saben lo difícil que es dejar de fumar de un día para otro y lo complicado que resulta mantener la fuerza de voluntad para cumplir con una decisión tan taxativa, sobre todo lo desquiciante que puede llegar a ser prescindir de un cigarrillo cuando se está tan nervioso como yo estaba en ese momento y con lo que apetece después de tomar café, aunque fuera uno tan malo como el que te sirven en un tren. Pero todo sacrificio y esfuerzo merecían la pena por pretender llegar a ser una pareja perfecta para ella.

Cuanto más se aproximaba el tren a su destino, mayor iba siendo mi estado de nervios. Recordaba muchas cosas de nuestra extraña y frustrada historia, pero en esos momentos recordaba con precisión la escena de aquella última vez en la que la tuve ante mis ojos, cuando tan solo era una niña de apenas catorce o quince años. Un tiempo ya lejano y en el que no tuve más opción que alejarme de su lado porque mi condición de militar de entonces me obligaba irremediablemente a hacerlo. Pero había llegado el día en el que, por fin, iba a estar de nuevo junto a ella, podría abrazarla, mirarme en sus ojos, cogerla de la mano, acariciar su pelo…, y alguna cosa más que no paraba de rodar en mi cabeza provocándome un temor irreprimible. Quería estar con ella, por supuesto, y disfrutar de la que sería nuestra primera noche juntos, pero el que esa fuera a ser nuestra primera vez no dejaba de perturbarme. Cuando la conocí fui incapaz de tocarle ni un pelo y solo hubo un inocente beso, el de nuestra despedida. Nunca podrá haber otra persona en todo el mundo con ese misterioso poder de provocarme tan ardientes sentimientos y a la vez tan gran temor.

Por fin llegué a Madrid y, algo más tarde, después de un acelerado trayecto recorrido a toda prisa, estaba en el aeropuerto, ante la puerta de llegadas. Apenas quedaban unos minutos para que su avión aterrizara cuando se anunció por megafonía que su vuelo llegaría con dos horas de retraso. No me lo podía creer. Después de haber soportado con impaciencia el lento transcurrir de los últimos días y después de soportar la ansiedad extrema de aquella misma mañana anhelando aquel momento, cuando por fin ya estaba a punto de producirse, todavía tendría que esperar dos interminables horas más. Intenté tranquilizarme y ser paciente. Tomé un refrigerio, compré un periódico, caminé de un lado para otro hasta que mi vieja lesión de espalda se hizo notar. Por suerte, encontré un lugar en la abarrotada zona de llegadas desde el que, sin perder de vista la puerta por la que aparecería, podía esperar sentado.

Cumplido el nuevo plazo, observé en las pantallas que su avión había aterrizado. Era cuestión de minutos verla salir por aquella puerta. Podía escuchar mi corazón cada vez latiendo con mayor intensidad. De repente la vi, ¡ahí estaba! Ella, sin embargo, no me vio a mi. Apareció radiante, espléndida. Arrastraba una pequeña troly mientras miraba de un lado a otro alzando la cabeza. Aunque estaba muy, muy cerca, no se percató de mi presencia y supongo que sintió preocupación pensando en las posibles consecuencias del retraso de su vuelo. Se quedó parada escudriñando las amplias cristaleras que daban al exterior, momento que aproveché para acercarme hasta estar a un centímetro de su espalda y, como en aquella primera vez de hacía treinta y dos años, le susurré al oído un "¿quieres bailar…?". Se giró como un resorte y, sin mediar palabra, suspiró profundamente, me rodeó con sus brazos y me besó larga y apasionadamente. En ese momento el tiempo se detuvo y todo a nuestro alrededor desapareció. Éramos solo nosotros dos en medio del mundo. Por fin pude ver su cara, sus ojos, su sonrisa y, sobre todo, por fin pude abrazarla y sentir contra mi el calor de su infinita dulzura. No hay palabras con las que pueda describir ese momento que pareció un sueño mágico.

De repente el ruido del ambiente volvió a ser perceptible haciéndome tomar conciencia de donde estábamos, despertándome de aquel sueño. Tampoco puede decirse que estuviéramos llamando especialmente la atención con nuestra actitud en medio de un lugar acostumbrado a escenas de reencuentro, aunque nadie, absolutamente nadie a nuestro alrededor podía ni remotamente imaginar  el significado y la transcendencia del nuestro.

-Vámonos de aquí- le dije, e inmediatamente echamos a andar.

El medio más rápido para llegar al centro de Madrid
Teníamos que llegar hasta el centro y el medio más rápido y eficiente para hacerlo era el Metro. En un vagón, de pie el uno junto al otro, no dejamos de mirarnos y yo no podía dejar de abrazarla. Al cabo de unos minutos llegamos a nuestra estación y en un momento al hotel para tomar la habitación que tenía reservada desde hacía casi un mes. Se aproximaba el temido momento de quedarnos al fin solos y un hormigueo eléctrico recorría mi espalda, se me encogía el estómago y hasta me temblaban las piernas. Nada más cerrarse la puerta de la habitación a nuestra espalda, la abracé con firmeza y volví a besarla. Caímos sobre la cama abandonándonos a la pasión. Todo cuanto ocurrió fue como entrar en la espiral de un universo de sensaciones. No hubo necesidad de decir nada. Despojado de toda timidez, exiliados todos mi temores, anestesiado del dolor, los abrazos y los besos brotaban de un manantial de pasión. Todo fue mágico, sublime, algo que jamás, por muchos años que viva, nunca podré borrar de la memoria. Me sentí embriagado, un ser muy especial en el que no podía caber mayor felicidad. Confieso haber vivido la más grande de las sensaciones, un verdadero éxtasis. Nuestro primer encuentro íntimo, un vertiginoso viaje a lo más profundo de los deseos, un placer tan intenso que, a tenor de la expresión que podía estar reflejándose en mi cara, la escuche decirme…

-¡parece que te estén matando!-

No era para menos. Ni en sueños podía haber imaginado sentir lo que estaba sintiendo. Hasta mi inseparable dolor de espalda parecía haber desaparecido aunque no, no tardó en recordarme que seguía estando ahí, como el viejo compañero de siempre pero más inoportuno que nunca. Sentir el tacto de su piel, su suave y liviano cuerpo estrechándose contra el mío funcionó como un mágico analgésico.


Ma intrigó un tatuaje
Fueron momentos de indescriptible emoción, de descubrir todos los recovecos de su cuerpo, hasta ahora desconocidos. Me intrigó un tatuaje de borrosa forma estrellada que lucía tras su hombro izquierdo, junto al omóplato, un pequeño tatuaje de evidente mala calidad, quizá dibujado por una mano inexperta. Ese y otro de forma sinuosa y más fino que recorría la forma de su tobillo ya los había descubierto mucho antes en sendas fotografías en las que me los mostró. No comprendo el gusto que tienen quienes gustan de manchar así su piel, yo nunca lo haría, pero es algo personal y por eso no hice más comentarios. La pasión desatada nos hizo perder la noción del tiempo y en medio del amor despertamos al cabo de las horas porque estábamos hambrientos. Había pasado la hora de hacerlo y no habíamos comido nada, pero no nos importó.

Nuestra primera intimidad
-Se nos ha pasado la hora de comer-, le dije.
-Sí, ahora tengo hambre-
-Bueno, no te preocupes. Por suerte estamos en Madrid, donde siempre hay algo abierto-

Entonces sacó de su maleta una bolsa de papel y de ella un paquete que me entregó. Se trataba de un libro, una novela titulada «O Lapis do Carpinteiro», un relato del periodista gallego Manuel Rivas con la Guerra Civil como escenario y en la que dos personajes antagónicos cruzan sus vidas en una prisión. Uno, un médico republicano, Daniel Da Barca y otro, un obsesivo guardia civil al que llamaban Herbal, un tipo lleno de fantasmas y rencores. El primero privado de libertad en una lúgubre cárcel franquista, pero no de imaginación y fuerza; y el segundo privado de amor y de alegría. La cárcel es el escenario en la que conviven con otros presos memorables como el pintor que dibujó con un lápiz de carpintero el Pórtico de la Gloria, alguien que después de ser asesinado por Herbal se aloja en su cerebro como un fantasma para atormentarle haciéndole ver su oscura y triste realidad. Un relato repleto de poesía, de imaginación y escrito con una técnica narrativa envidiable en el que las voces psíquicas son las que en realidad, nos van conduciendo a través de esta historia. En 2004 Anton Reixa hizo una película basada en esta novela.

-Para que te vayas dando cuenta de lo fácil que es el gallego- me dijo.
-¡Vaya! Yo no te he comprado nada. Pero he traído algo para que lo guardes. Ya sabes, la propuesta que te hice-

Le entregué cuatro monedas. Cuatro duros antiguos de plata que pasaron de mano en mano en mi familia desde que mi bisabuelo los usó, con otros cuantos más que se fueron perdiendo con el tiempo, como arras en la ceremonia de su boda. Lo mismo que después hizo mi abuelo materno y finalmente mis padres.

-Se trata de algo muy querido- le expliqué –no por su valor numismático, que seguramente tienen, sino por lo que simbolizan estas cuatro monedas en la historia de mi familia-
-Ya se donde los guardaré-, dijo de inmediato.
-Pero quiero que guardes otra cosa-

Le entregué a continuación una pluma estilográfica. Aunque de buena marca, no era un modelo de los caros. Se trataba de una pieza con carcasa de baquelita azul que usó mi madre durante muchos años hasta que, el día que comencé la universidad, me la regaló. No la usé mucho, la verdad, pero siempre la guardé con gran cariño. Era uno de los pocos recuerdos que atesoraba de mi difunta madre. Ella, por su parte, me entregó una pulsera metálica extensible en cuyos eslabones había escrito, sílaba a sílaba “quérote moito”.

-Bueno, va siendo hora de ir a comer algo-, le propuse nuevamente.
-¡Vamos!-
-No me voy a llevar el móvil. Solo quiero estar contigo, sin interrupciones-
-Yo más tarde llamaré a mi hija. Todos los días hablamos a la noche-
-Está en Salamanca-
-Sí, claro-
-Venga, Vamos a comer que buena falta te hace. Estás muy delgada-
-¡A ti tampoco te sobra nada!-


No me pasó inadvertida su extremada delgadez y yo, después de los fatales días que venía soportando tampoco estaba en mi mejor momento. Después de advertir sobre el físico que mostraban nuestros cuerpos, una vez vestidos pudimos reponer fuerzas en uno de esos restaurantes VIP’s que están abiertos a todas horas, uno próximo al hotel. Teníamos muchas cosas de las que hablar, muchas historias que contarnos y, sobre todo, teníamos por delante una noche entera que compartir. Acababa de empezar y ya estaba sintiendo que ese fin de semana iba a ser bastante más efímero de lo que me podía esperar. El tiempo a su lado volaba, pasaba a velocidad supersónica. Estaba viviendo un sueño, tan feliz como si estuviera en el mismísimo cielo. Nada me hacía sospechar los aspectos tan sorprendentes de su vida que, de su propia voz, iba a conocer al día siguiente.

Recuperar un viejo amor. Te Olvidaré... cap. XII

Desde que me propuso volver a vernos en Madrid el tiempo pareció ralentizarse en una interminable cuenta atrás. Solo los conversaciones diarias, que habían pasado a ser costumbre de horarios fijos, aliviaban la larga espera. Si a partir de entonces el rumbo de nuestra relación se confirmaba, habría llegado el momento de hablar claramente con las personas de mi entorno, empezando por quien hasta el momento estaba siendo mi pareja.

-Ha pasado algo y quiero que lo sepas-, le dije un día cuando estábamos todavía en el despacho.

Mi socia, a la sazón mi pareja, levantó la mirada, se retiró unos centímetros del escritorio apoyándose en el respaldo de su silla y adoptó una postura de prestarme atención.

-Hace unos días-, le expliqué, -casualmente me reencontré en una red social con una persona muy importante para mi. Es una mujer que conocí cuando era joven, en mis tiempos de la Marina en Galicia. Tuvimos una buena relación, conoció a mis padres e incluso estuvo en mi casa de Madrid. Pero las circunstancias nunca nos permitieron profundizar en nuestra relación. He hablado con ella y dentro de poco vamos a volver vernos después de más treinta y tantos años sin saber nada el uno del otro. Sé que nuestra relación, a pesar de no haber habido contacto entre nosotros todos estos años, va más allá de una buena amistad que no estoy dispuesto a volver a perder. Esto no es fácil de explicar y sé que tampoco es fácil de entender. Necesito verla, hablar con ella y si todo es como pienso, debo prepararlo todo para comenzar una nueva vida junto a ella, la que no pude elegir cuando fue el momento de poder hacerlo. No creas que te estoy dejando en la estacada, de ninguna manera. No voy a dejar de lado mis obligaciones y pienso seguir atendiendo puntualmente el sostenimiento de esta casa y, por supuesto, la que ocupa mi padre. Espero que no quede mucho para cobrar la herencia y eso nos permitirá liquidar créditos, cancelar la hipoteca, dejar saldadas todas las deudas y arreglados todos nuestras asuntos-, concluí.
-Ya sabía yo que acabaría sola-, contestó. –Si ahora te vas yo creo que me muero, pero quiero que seas feliz y si tiene que ser así, que sea. Por el dinero no te preocupes, yo se defenderme sola-. Sus palabras realmente me conmovieron.
-Lo sé- le contesté, -pero yo no soy de ese tipo de personas que salen huyendo, lo sabes bienNo sé que va a pasar exactamente, no tengo nada predeterminado, pero quiero que estés al corriente de todo desde el principio. Nunca he mentido, ni he ocultado nada y esta no iba a ser la primera vez-.

Vista desde fuera, comprendo que la decisión podría estar pareciendo algo vehemente y caprichoso, lo sé. Pero aunque así se pudiera interpretar, lo cierto es que se trataba de una decisión basada en algo más que en un fuerte y sincero sentimiento. Aquella persona con la que estaba dispuesto a comenzar de nuevo, formaba parte de mi historia, de una vida, la mía, que siempre estuvo condicionada por circunstancias impuestas. Desde que en mi juventud, con apenas 16 años, saliera de casa de mis padres buscando mi independencia y liberarme de cualquier atisbo de influencia de aquellos aristócratas trasnochados, cumplí con mi compromiso de depender de mi mismo. Nunca, por grande que fuera mi necesidad, pedí nada a nadie, ni nunca me plegué a condiciones, ni siquiera laborales, que pudieran suponer renunciar a mis principios, aunque tuviera que pagar por ello un alto precio como el de atravesar momentos de terrible soledad, de marginación o soportar el desarraigo que conlleva empezar de nuevo en una ciudad desconocida. La oportunidad que la vida me estaba brindando ahora, pudiendo volver junto a esa persona que para los demás solo parecía ser un amor de juventud, no se basaba solo en querer revivir un viejo sentimiento frustrado y que nunca pudo pasar de lo platónico, sino que, además, estaba suponiendo el milagro de poder retomar mi vida desde un punto, quizá el primero y quizá el más crucial, en el que, como en muchas otras ocasiones posteriores, no tuve la más mínima oportunidad de elegir mi destino.

No hacía muchos días que en el transcurso de una de nuestras conversaciones telefónicas, mi antiguo amor y yo coincidimos en que lo que nos estaba ocurriendo y como pensábamos conducirlo, sería difícilmente compresible incluso para las personas más próximas en nuestros respectivos entornos. Intentar explicar qué estaba pasando y el por qué de nuestra decisión no fue fácil. Hacerlo se convirtió, por encima de los problemas económicos, en la peor de las prioridades. Solo la cercanía de nuestra cita en Madrid elevaba el ánimo. El proyecto de una nueva vida, teniendo todo en contra, no iba a ser nada sencillo. Debía afrontar todas las adversidades, especialmente, resolver qué hacer con mi padre al que, dada su edad y salud, no podría dejar solo.

El trabajo, la forma de asegurar los ingresos necesarios para atender todo cuento dejaría atrás y para garantizar, además, el inicio de una nueva etapa era, lógicamente, la otra gran preocupación. Por desgracia el momento, con una grave crisis económica en marcha, no era precisamente el más favorable. Aunque nunca se lo pediría, llegué a suponer que quien estaba compartiendo conmigo el mismo propósito, me ayudaría a la hora de encontrar un primer trabajo remunerado, pero no fue así. Solo cuando a colación de una conversación sobre trabajo se presentó la ocasión, le sugerí comentar a sus jefes que tipo de servicios era capaz de ofrecer a la suya y a otras empresas.

-Se lo diré, pero con la crisis ya sabes que es lo primero que se recortan-, contestó. Una afirmación que me desalentó, no solo por lo equivocado de su criterio, sino porque dejaba clara su actitud ante una circunstancia tan vital para nuestras intenciones.

Llegaron los días en los que la exigencia de resolver tantas vicisitudes comenzaron a hacer mella en mi ánimo, aunque, eso sí, mi voluntad permanecería inalterable. La ilusión de llegar a ver cumplido el objetivo, luchar por la felicidad de esa mujer, superaba con creces el desánimo ante tantas adversidades. Solo necesitaba un poco de comprensión y algo de apoyo por su parte. Fue en una nueva conversación cuando empecé a comentarle algunos pormenores de cuanto estaba sucediendo en mi entorno.

-Siento mucho por todo lo que estás pasando-, me dijo
-Lo peor es tener que enfrentarme a tanta gente. Nadie puede comprender nada de esto y todos, desde los amigos hasta mi padre, no hacen sino reprocharme mi decisión-
-Me estoy sintiendo culpable de todo por lo que estás pasando-, contestó.

Quizá no fuera lo más acertado pero, ante su respuesta, decidí no volver a referirme a estas cuestiones y no lo hice nunca más. Lo último que quería era hacerla responsable de cuanto me ocurría, así que, desde ese momento, guardé silencio y no hablé más con ella de mis problemas, al fin y al cabo solo a mi me competían. Debía ser lo suficientemente fuerte como para superar la situación sin inquietar a la persona con la que estaba dispuesto a comenzar mi nueva vida. Al fin y al cabo ella era la última persona que pudiera tener culpa de cuanto me pasaba. Era momento de seguir los dictados del corazón. No se trataba de un arrebato, era algo deseado con madurez por la fuerza de un amor  que siempre había conservado de forma platónica y que ahora, por fin, podía convertir en realidad. Después de todo lo pasado, de todo lo vivido y de no haber podido decidir nunca libremente, ahora tenía derecho a ser feliz.

Estar juntos iba a ser algo que solo dependería de nosotros mismos. Su decisión parecía ser tan determinante como la mía. En cierta ocasión llegó a asegurarme que, de ser necesario, emprendería conmigo esta nueva vida aunque tuviera que ser en un lugar distinto, quizá Madrid, quizá Valencia… Pero esa fue una idea que de inmediato le invité a desechar. Durante toda mi vida me había visto obligado a vivir en lugares distintos una y otra vez. Siempre en un sitio nuevo en el que todo comenzaba con la dura etapa de ser, entre todos los demás, el recién llegado. No me parecía que debiera obligarla a abandonar su tierra, a distanciarse de los suyos. Además, entre mis despertadas nostalgias, no faltaba la añoranza por aquel maravilloso paisaje de mi querida Galicia y el entorno de la ría en el que encontré a la que siempre había sido el gran amor de mi vida. Ir a otra ciudad para mi suponía, en cualquier caso, una condición 'sine qua non' pero para ella supondría un sacrificio, aunque de las que me estuviera hablando fueran ciudades en las que podría conservar su trabajo ya que  en todas ellas había oficinas de la empresa, con central en Vigo, en la que trabajaba desde hacía varios años.

Me era imposible pensar en otra cosa. Ella era el centro de todos mis pensamientos de la mañana a la noche. Todo cuento hacía, todo lo que afrontara, parecía fácilmente superable con la motivación de vivir junto a ella. Cada día, además de con otros muchos durante cada día,  empezaban y terminaban con un mensaje para ella. En cierto día en el que el trabajo del anterior se alargó obligándome a llegar a casa mucho más tarde de lo habitual, no desperté a tiempo de escribirle mi mensaje diario de buenos días. Cuando abrí el correo me encontré con uno suyo que, además de hacerme sonreír, me conmovió.

-Buaaaaaaaaah…!!!- escribió. –¡Te olvidaste de mi!-, algo que no ocurriría bajo ninguna circunstancia.

Mientras los días transcurrían con una lentitud pasmosa hacía nuestro encuentro, me envió un mensaje pidiéndome ayuda. Por alguna circunstancia, llegado el fin de la etapa universitaria de su hija en Salamanca, iba a solicitar un crédito, supongo que para preparar el traslado a Madrid en donde iba a cursar un curso de posgrado, y disponer de la liquidez necesaria para matrículas, alquileres y otras contingencias. Necesitaba un aval para acceder al crédito y dado que lo estaba tramitando en la misma entidad con la que yo venía operando durante los últimos años, me dirigí a mi sucursal provisto de la escritura de mi casa para hablar con la directora. Hizo un par de llamadas y tras uno minutos me invitó a pasar a su despacho para comentarme la situación.

-Con tu aval no hay problemas, pero parece que la concesión del crédito no va a ser algo sencillo porque el informe de la oficina de Vigo no es favorable-, me explicó la directora de la oficina.
-¿Qué pasa? ¿Puedo hacer algo más?-
-Parece que hay problemas  con operaciones anteriores para esta misma titular-
-Mira, yo avalo esta operación sin ningún problema, incluso si fuera necesario estoy dispuesto a ser el titular de la solicitud. Te dejo la escritura de mi casa y, por favor te pido, haz todo lo posible para solucionarlo-

Cuando regresé a mi despacho volví a hablar con ella para explicarle el resultado de mi gestión.

-Déjalo, no te preocupes-, me dijo entonces. –No es necesario que hagas más nada porque ya lo he solucionado con una buena amiga mía-, concluyó.

Me quedé pensando que todo aquello no era más que una de esas reacciones que los bancos suelen tener cuando se les pide un crédito, sobre todo en plena crisis, cuando los créditos se dan con cuentagotas y sobradas garantías como yo mismo había experimentado. Aunque finalmente mi intervención no llegó a ser necesaria, recibí un correo de su hija dándome las gracias. “No te preocupes, no tienes que agradecérmelo”, le contesté, “puedes considerar que lo hago como si fuéramos familia”. Sabiendo que la situación quedó resuelta no volví a preocuparme por este asunto, ni tampoco volví a hacer ningún comentario sobre él.

Mi casa, mi castillo
Mi verdadera, mi única preocupación no era otra que la orientación que estaba dispuesto a dar a mi vida. Un cambio tan radical que conllevaba dejar mi casa y todo cuanto había supuesto hacer de ella un hogar con su familia; abandonar el lugar en el que había labrado un prestigio profesional y tenía asegurado mi trabajo; dejar el pueblo en el que tenía a mis amigos, allegados y conocidos; volver a comenzar de cero en un lugar en el que nadie me conocería, un lugar distinto, querido y añorado pero desconocido al fin y al cabo. Solo la magnitud de mis sentimientos podían justificar que estuviera tan dispuesto a adoptar estas decisiones que a los ojos de los demás no eran sino una gran locura, más incomprensible cuanto más conocieran mi vida de pareja, acostumbrados a vernos compartirlo todo, trabajar y luchar por nuestra tranquilidad y por el confort de una vida modesta pero sosegada, feliz y sin carencias.

No puedo negar que, a pesar de mis ilusiones, surgieran también temores. Era mucho lo que estaba arriesgando, pero también eran muchas las cicatrices con las que la vida me habían marcado el alma. No quería ser brusco, ni parecer egoísta o desconfiado al plantearlo, pero tampoco debía ser esquivo o ambiguo a la hora de hacerlo. Intenté ser delicado, pero a la vez asertivo cuando hablé con mi recuperado amor sobre esto.

-¿Tú estás segura de lo que sientes? ¿No será todo esto un mero deseo morboso?-, le pregunté
-No, no, no- me espetó con seguridad. –Yo te he elegido a ti y quiero estar contigo-
-Debemos estar muy seguros de lo que sentimos-, le insistí.
-Amor, yo voy estar aquí y no dejaré que te vuelvas a marchar nunca-, concluyó.

Estaba seguro de mis sentimientos, pero temía que algo de lo que estaba ocurriendo obedeciera a lo que en términos cinematográficos se suele describir como “tensión sexual no resuelta”. Recurrí entonces a la retórica literaria que siempre me pareció paradigmática para describir las consecuencias del compromiso personal a la hora de entablar la amistad y, mucho más aún, al  declararse el amor entre dos personas.

mensajes

-Te voy a pedir un favor-, le dije.
-Pídeme lo que quieras, yo me dejo- contestó con cierta sorna.

-No, no…, bromas a un lado. Te pido, por favor, que releas el capítulo de “El Principito” en el que habla con la rosa y luego con un zorro. Es importante para mi-