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Espíritu de superación. Te Olvidaré... cap. IX

Eso que llamamos 

“espíritu de superación”

básicamente consiste en mantener una actitud positiva ante los contratiempos. La experiencia enseña que desesperarse no conduce a nada bueno y, por negro que se vea el panorama, tener temple y la capacidad de jerarquizar los problemas, separar lo importante de lo que, aunque te esté agobiando, no lo es tanto, es el primer estadio para salir de cualquier atolladero. Pero hay veces en que la confianza en uno mismo puede que no sea suficiente, sobre todo cuando estás obligado a depender de una maldita medicación que te permita hacer llevadero un insufrible dolor que, a la postre, está minando tu moral.

Aunque estaba advertido desde un principio, no sospeché que los opiáceos que me prescribieron pudieran llegar a influirme de forma tan acusada. No hubo efecto secundario que tarde o temprano no experimentara. Lo peor, aparte de sentirse como una bayeta retorcida, resultaron ser las dificultades para mantener la concentración, ya de por si mermada por esa intermitente sensación que cada vez aparecía con mayor frecuencia. Lo demás, la falta de apetito, la alteración de ciclos de sueño, incluso las ausencias o los mareos, eran cosas que incluso se puede aprender a vivir con ellas, no queda otra. Pero como de la necesidad surge la fuerza,  tenía asegurada la suficiente para seguir adelante.

Era el momento de aprovechar las oportunidades que empezaba a brindar Internet, un medio para encontrar nuevos clientes. Después de unos años desde su incorporación, Internet me proporcionaba la flexibilidad necesaria para que mi estado de salud no afectara es exceso al trabajo. Eran tiempos en los que, por otra parte, se intensificaban, algunas veces hasta el esperpento, las denuncias por el uso indebido de obras protegidas por los derechos de autor, algo que empezaba a afectar de forma grave a las economías de muchos pequeños y medianos negocios, esos que constituían el grueso principal de mis clientes, lo que en el argot del oficio es el “nicho de mercado”. Una galería de alimentación de Tarragona a la que venía elaborando piezas sonoras de promoción fue la primera en expresarme su problema. Poco más tarde una asociación de peluqueros de Reus y, en poco tiempo más, un número significativo de comerciantes me pedían una solución para poder hacer uso del sonido ambiental, de sus respectivas megafonías de interior, sin que ello representara un gasto oneroso para sus ajustadas economías. Fue entonces cuando, para mi sorpresa, empecé a comprobar que no eran pocas, y muchas con una calidad más que aceptable, las obras registradas por sus autores bajo licencias de uso libre y gratuito, siempre y cuando se respetaran las condiciones indicadas por ellos mismos. Estaba irrumpiendo, frente al tradicional copyright usado tradicionalmente por la industria discográfica, la nueva licencia «creative commons», una fórmula que permite al propio creador difundir su obra sin intermediarios como las sociedades de gestión, pudiendo, además, dar a cada una de sus obras las limitaciones que le parecieran convenientes. Comencé entonces un trabajo de investigación, identificación y clasificación de este tipo de obras hasta disponer de librerías clasificadas por estilos de miles de archivos. Con ellos puse en marcha un servicio de sonido streaming que mis clientes podían reproducir en sus respectivos negocios sin que ello les obligara a pagar cantidad alguna a nadie. Resultó ser todo un éxito. Comenzó así a funcionar un canal concebido para el sonido ambiente de todo tipo de locales comerciales y de espacios públicos que pronto consiguió una audiencia más que notable. El canal supuso, por otra parte, un importante aldabonazo al negocio que, de ese momento comenzó a registrar una mayor demanda y, junto a ello, me dio la oportunidad de contactar con muchos artistas independientes, sobre todo con los más destacados, prolíficos y notables. Me resultó especialmente emocionante el que algunos de ellos me citaran en los créditos de sus nuevos trabajos como divulgador de sus trabajos.

Fue uno de esos días cuando, entregado a este nuevo aspecto del trabajo, se me ocurrió escribir en un buscador el nombre y apellidos de mi añorada niña gallega. Para mi sorpresa apareció, entre las coincidencias, un perfil en una red social. Lo abrí y con total incredulidad adiviné que la foto mostraba la imagen de aquella misma linda y dulce muchacha de la que me despedí un día lejano en el muelle de Moaña. ¡No podía dar crédito!


mensajes por chat


En la pequeña foto aparecía de cuerpo entero, apoyada en el tronco de un pino cuya copa ensombrecía su rostro y silueta, envuelta en una pashmina rojiza, con un gesto que rezumaba ternura y que me resultaba tan familiar. Al fondo, una pequeña playa de la ría. Contemplando la imagen mi corazón comenzó a latir con fuerza y de un solo golpe acudieron a mi mente cientos de recuerdos que me llenaron de nostalgia. ¿Sería ella realmente? ¿Me recordaría después de tantos años? ¿podría recuperar su amistad? Antes de dejarme llevar por mi primer impulso, me detuve un instante intentando atemperar mis ánimos y diciéndome a mi mismo que la mayor de las probabilidades y después de tantos años, más de treinta, es que fuera una mujer casada, con una vida establecida y asentada, además de, como sucedía, estar a mil kilómetros de distancia. Pero, a pesar de todo ello, nada me pudo disuadir de enviar a aquel perfil una prudente pregunta. Y así, con una emoción contenida, envié un primer mensaje.

-Perdona el “atraco” de pedirte amistad así, a las bravas, pero es que tu nombre y apellidos coinciden, a no ser que seas la misma persona, con alguien que conocí en Moaña siendo yo marinero en la ETEA. Claro que no puedes ser porque tu eres muy joven (como se ve), y yo ya soy un “viejuno carrozón”-

No tardó en contestar…
-Yo tengo un amigo que se llama así, pero no sé si eres tú-

Solo fue necesario hacer referencia a algún pequeño detalle para que a continuación me confirmara…
-¡Claro que soy yo! ¡Cuéntame más de ti! ¡Qué alegría acabo de recibir!-

Entonces le hablé de mi, de mi trabajo, de mi lugar de residencia y de mi situación sentimental.
-Pues no te imaginas la alegría que me das-, respondió. –Me alegro mucho de que vivas una vida feliz… Yo no me puedo quejar. Me divorcié, aunque ahora vivo también con una pareja-, me dijo. –Imagina que este mes ¡se va a casar mi hijo! Así que no soy tan joven como dices que aparento…, pero ya seguiré contándote-, concluyó.


En aquella primera conversación, la primera después de treinta años, rememoramos tiempos de mi paso por la ETEA de Vigo, sobre la que me explicó que ya no existía como tal y que una de las posibilidades que se barajaban era la de dedicar las instalaciones a un centro docente, quizá una Universidad del  Mar. Le hablé de mi posterior tiempo embarcado en el Dédalo, donde llegué a recibir alguna de sus últimas cartas.

-Llegué a navegar al continente americano-, le dije-
-Lo sé… ¡sí te digo que incluso te estuve tratando de localizar en el grupo de antiguos alumnos!-, contestó. -¿Sabes que aún tengo guardada una invitación tuya para una fiesta de fin de Año!-

Claro, se trataba de aquella fiesta que organicé cuando, definitivamente, regresé a casa al concluir mi tiempo de servicio en la Marina y en la que, inesperadamente, recibí su llamada telefónica. Me resulto conmovedor que guardara aquella invitación entre sus recuerdos.


Mensajes por chat


No puedo describir la sensación que me invadió. ¡Era ella!, la mujer que siempre estuvo presente en mi memoria, la que tantas veces evoqué y con la que siempre sentí la necesidad de compartir la vida, mi gran amor, ¡ella! Con un gran nudo en la garganta y mientras sentía que por una de mis mejillas se escurría alguna lágrima incontenible, intercambiamos un mensaje tras otro, intentando saberlo todo, conocerlo todo, descubrirlo todo el uno del otro. Empezaron a llegarme fotos, centenares de fotos con instantes de su vida y empecé a deducir que se trataba de una persona exactamente igual a como siempre la había imaginado. Con sus cincuenta años ya cumplidos, parecía que por ella no hubiera pasado el tiempo. Cuanto más la miraba, más reconocía a la misma niña que conocí. Seguía siendo una mujer extraordinariamente bella y, a pesar de haber sido madre por dos veces, con una apariencia juvenil de excelente figura.

Sentí como si la vida se hubiera estando burlado de nosotros negándonos, hasta ese mismo momento, toda posibilidad de reencontrarnos, de tener un nuevo contacto, de habernos visto en alguna de las contadas ocasiones en las que fue posible. Ambos lo recordábamos así y no pasamos por alto la ocasión en la que, un día antes de que yo regresa a casa para disfrutar de un permiso, se presentara en casa de mis padres aprovechando un viaje de estudios a Madrid.

-Pues la verdad es que fui una atrevida y ¡me presenté en tu casa!-, recordó. –La verdad es que me alegró mucho conocer a tus padres. Me recibieron como si me conocieran de toda la vida. Y ahora que sabemos, más o menos, donde estamos, no te preocupes que acepto la revancha. Si no se tuercen las cosas, yo cuento con que mi hija vaya el próximo año para Madrid a hacer un master-, me dijo.

Si siempre, en todos los momentos más cruciales de mi vida, apareció en mis pensamientos y con el inesperado reencuentro, mientras leía y releía sus textos y miraba y remiraba sus fotografías, no podía apartar de mi cabeza todo lo que hubiera podido ser y nuca fue. Aunque en ese momento no podía pretender, ni esperar nada más que recuperar una entrañable y añorada amistad, me lamentaba amargamente de que nunca hubiera tenido la opción que otros si tuvieron después. Primero por mi compromiso con la Marina, después por los estudios en Madrid y finalmente por los compromisos laborales que me llevaron de una ciudad a otra, siempre en busca de un trabajo que me permitiera vivir con dignidad de mi profesión, un periodista con vocación radiofónica. Siempre, por desgracia, quedó exiliada toda esperanza de poder volver junto a ella, de compartir con ella el grato compromiso de compartir el futuro, de haber vivido juntos las etapas de la vida, incluso, por qué no, de haber sido el padre de sus hijos. Deseé desesperadamente poder viajar atrás en el tiempo, regresar hasta el momento en el que pudiera impedir tan gran injusticia y hacer posible la historia como siempre la soñé. Mi profunda tristeza al recordar lo que sufrí soportando la frustración de tener que separarnos, contrastaba ahora, al cabo de tanto tiempo, con la inmensa alegría de haberla encontrado. Nos dijimos muchas cosas, todas se me quedaron grabadas en el alma, especialmente las que alentaban mis esperanzas.

-Ahora nos hemos encontrado y ya no volveré a dejar que te vayas-, me escribió.

Una afirmación así, no podía sino llenarme de alegría. Yo tampoco estaba dispuesto a dejarla marchar nunca más. Ahora, pasara lo que pasara, siempre estaría a su lado y dispuesto a compartir con ella todo lo que fuera necesario, todo cuento estuviera en mi mano y tanto como ella aceptara. No es una frase hecha, ni una expresión de pasión vehemente, puedo asegurar con toda certeza que jamás, nunca jamás, puede llegar a querer a nadie como a ella, aunque no me fuera posible cumplir mis sueños, siempre la quise y siempre la querría con toda mi alma, con absoluta sinceridad y entrega. Evidentemente era, por esa razón inexplicable a la que obedece ese sentimiento, el gran amor de mi vida.

La vida en la ETEA. Te Olvidaré... cap. II

La tristeza por la separación de todo lo que unas horas antes quedó atrás, comenzaba a convertirse en

renovadas ilusiones 

desde el mismo momento en el que pisábamos la estación ferroviaria de Vigo. Se iniciaba una etapa que nos posibilitaría llegar a ser técnicos radiotelegrafistas, señaleros, mecánico-electricistas o electrónicos, como era mi caso. Casi como autómatas, uno tras otro, enfilamos el camino hacia la Escuela, a faldas del monte La Guía, en un recoveco del interior de la ría y lejos de la ruidosa vorágine del Vigo portuario. La Escuela era un amplio recinto abierto al mar con diversos edificios de singular arquitectura en piedra, cada uno de ellos bautizado con el nombre de un inventor como Graham Bell, Faraday, Kelvin…, zonas ajardinadas, deportivas y una amplia plaza de armas con su propio muelle. Desde allí se divisaba una bello paisaje que llegó a ser tan familiar como siempre misterioso, la zona en la que la ría se estrecha y en la que hoy se levanta el atirantado puente de Rande.

Puente de Rande
Mi primer contacto con las aulas de la Escuela supuso, para empezar, revivir un odioso episodio que ya se había repetido en anteriores ocasiones desde mis años de instituto, aunque esta vez, en tan singular ambiente, fue aún más bochornoso y la repercusión no pudo ser más nefasta. Llegó el momento de pasar lista, cosa que se repetía en cada clase con cada oficial o suboficial instructor de cada una de las asignaturas del curso. Debo decir que en el ejército de la época, especialmente en la Marina, existía entre la oficialidad una halo de cierta aristocracia que solía ser denostada por quienes, en un mundo tan sumamente clasista y jerárquico, reprochaban a los que pudieran dar la impresión de tener tal condición el que, por el simple hecho de llevar ciertos apellidos, se les regalaran méritos. Y, aunque nunca hice alarde de ello, sino todo lo contrario, para mi desgracia mis apellidos maternos dejaban al descubierto su rancio abolengo. Y digo apellidos y no apellido porque se trata de uno compuesto, uno de esos tan rimbombantes y sonoros como odiados por quienes, a lo largo de su vida militar, en uno u otro destino, habían tenido que soportar estar a las órdenes de alguno de esos oficiales aristocráticos. Fue mencionar mi nombre y apellidos y de inmediato surgir la broma malintencionada coreada con sorna por las risitas de los presentes, algo que suponía tener que pasar, una y otra vez, por la evidencia de ser quien no era, o de quien no quería ser. No fueron pocas las ocasiones en las que me sentí señalado por esta razón, como si yo hubiera elegido mi linaje, o como si alguna vez me hubiera servido para algo. Nada más lejos de la realidad que, entre otras cosas, suponía una parte de las razones por las que, queriendo escapar de aquella condición, me encontraba precisamente allí.


Escuela militar en Vigo
A pesar de tratarse de una Escuela militar, lo que conllevaba un régimen de estudio y férrea disciplina, más estricta cuanto más novato se fuese, empezamos también a disfrutar de cierta libertad. Cuando el turno de guardia lo permitía el aliciente era salir de paseo, eso sí, con un horario restrictivo y muy, muy limitado pero que, por lo menos, nos daba la oportunidad de perdernos por las calles de la ciudad, rodearnos de civiles y confundirnos entre ambientes distintos a los del agobiante recinto militar. Y aunque estuviera entonces especialmente prohibido y hasta perseguido por la policía naval que ocasionalmente patrullaba los sitios más concurridos de la ciudad, todos disponíamos de un lugar, generalmente una habitación compartida en alguna pensión próxima, para poder despojarnos del uniforme reglamentario y cambiarnos de ropa. Por unas horas podíamos sentirnos personas normales y corrientes o, como se dice en la jerga militar, simples paisanos.

Lo normal era frecuentar ciertas cafeterías, algunas discotecas o salas de baile y asistir a sus espectáculos. Siempre, eso sí, buscando alguna efímera relación con lugareñas. Aunque por entonces la oferta lúdica de Vigo no era especialmente abundante, sí que se agradecía poder ver películas de estreno, presenciar la actuación de algún artista del momento o darse el placer, si la economía lo permitía, de alguna comida o cena que rompiera con la rutina del rancho, aunque es justo señalar que lo que servían en la Escuela no era precisamente el peor de los menús que se podían probar en la Marina.

Mi mayor placer en esas horas de asueto siempre fue disfrutar de mi propia soledad. Siempre odié las aglomeraciones y, además, los gustos de mis compañeros, salvo raras excepciones, poco o nada tenían que ver conmigo. Hay maneras de divertirse que, más allá de un rato, me resultaban y me siguen resultando insoportables, aburridas, a la par que zafias y burdas. Prefería dar grandes paseos descubriendo la ciudad, perdiéndome por sus calles y observar discretamente a la gente y sus costumbres. Algunas veces, escudriñando las ventanas, imaginaba la confortable vida familiar que se escondía detrás de los cristales y añoraba mi propia casa, mi familia. Pero, sobre todo, llamaba mi atención el otro lado de la ría, la otra orilla en la que se podían vislumbrar pequeños pueblos marineros. Una de aquellas tardes, andando por el puerto descubrí un muelle desde el que partían barcos que llevaban pasajeros de uno al otro lado. Miré los horarios y los precios, registré mis bolsillos y saqué un billete. Fue interesante y divertido poder contemplar el espacio de la ría desde su interior y, una vez completada la corta travesía, ver la otra orilla. Todo desde otra perspectiva. Había llegado a Moaña, un sitio cuyo puerto evidenciaba un arraigado carácter marinero.

La Marina te llama. Te Olvidaré... cap. I

Hay historias que cuando las lees en novelas o las ves en las películas siempre piensas que son producto de mentes calenturientas o de imaginaciones desbordantes, invenciones que jamás llegaran a ocurrir en la vida real pero,

por increíble que parezca

a veces pasan. 
¿Quién no ha soñado alguna vez con la posibilidad de regresar sobre su propio pasado? Esta historia no tiene nada que ver con la ciencia ficción, pero deja claro que hay que tener cuidado con lo que se desea porque se puede cumplir.

Como el común de los mortales, cuando todo empezó ya había atravesado muchas situaciones difíciles a lo largo de la vida, incluso había pasado por etapas de marginación y gran soledad en las que tuve que sacar fuerzas de flaqueza para sobreponerme y no caer en el abatimiento. Tuve que sacar todo el coraje del que fui capaz cuando me tocó enfrentarme a adversidades muy duras para poder superarlas sin contar con la ayuda de nadie, sin ni siquiera un amigo al que poder recurrir y con la familia a miles de kilómetros. Ante algún que otro episodio de gran exigencia, de verdad que no sé de donde saqué fuerzas. Verme ante tales dificultades fue el precio que tuve que pagar por conservar la dignidad y por defender mi independencia, algo que siempre consideré mi más preciado patrimonio.




Mi infancia fue feliz, muy feliz, lo reconozco, y aunque después pagué el precio de ser hijo único, fui criado como un auténtico príncipe. Mi madre, una mujer de carácter aunque también de gran humanidad, una intelectual adelantada a su época que siempre mostró la impronta parisina que marcó su infancia, fue siempre superprotectora conmigo. Procedía de una familia de aristocrátas a la vieja usanza con la que vivió cordialmente enfrentada desde que llegó el momento de tener que decidir su vida y, sobre todo, con quien la compartiría.


A pesar de la enérgica oposición de sus padres, mis abuelos, se casó con quien es mi padre, por entonces un simple muchacho de pueblo que, frente a los rutilantes títulos de otros pretendientes preferidos por la familia, tan solo era el hijo de un modesto mesonero de un pequeño pueblo aragonés del que salió hacia Barcelona para, durante los duros años de posguerra, costearse con un trabajo de botones en la sucursal de un banco los estudios de perito contable. Y no es porque sea mi padre, pero siempre, en todos los ámbitos en los que le tocó relacionarse, destacó por ser una persona buena, equilibrada, conciliadora, amable, justa, generosa y sobre todo, honrada. Un hombre bueno en toda la extensión de la palabra, de esos que de tanto serlo llegan a ser tomados por tontos.

Campaña en la TV

Ya al inicio de mi adolescencia comencé a sentir una imperiosa necesidad de ser independiente, de dejar de sentirme atrapado en la burbuja en la que mi madre, con la mejor de sus intenciones, me había encerrado. Necesitaba libertad, dejar de sentirme vigilado, atrapado. Un anuncio que por entonces se hizo popular en la televisión, “muchacho, la Marina te llama”, abrió la puerta a mis esperanzas de libertad. Con quince años recién cumplidos había terminado el bachillerato y, como por entonces la “mili”, el servicio militar, era obligatorio para todos lo mozos, pensé que, aunque supusiera tener que comprometerme por más tiempo con el ejército por el hecho de acudir voluntariamente, era preferible alistarse en la Armada, un cuerpo que prometía una formación profesional y la atractiva posibilidad de navegar a quien sabe que puertos, que esperar a que me reclamaran por mi quinta en un momento en el que, de forma intempestiva, interrumpirían mi vida. La idea sonó tan razonable que no me supuso mayor problema conseguir, a pesar de las reticencias de mi madre, la autorización paterna, un requisito indispensable para los que, como era mi caso, todavía no habíamos alcanzado la mayoría de edad. De esa manera pude salir de casa y estrenar mi independencia disponiéndome a vivir una auténtica aventura. Acaba de enrolarme en la Marina.

Pronto me encontré entre cientos de muchachos que como yo, cada uno por sus propios motivos, habían tomado la misma decisión. Todos y cada uno de nosotros no tardamos en darnos cuenta de lo duro que resultaba, no solo el hecho de estar fuera de casa, sino vivir sometidos a una disciplina en la que regían normas decimonónicas, absurdas y que nos obligaba a prescindir de cosas que hasta el momento habían sido cotidianas y normales. Un mundo de rangos, órdenes siempre incuestionables, ranchos incomibles y rígidos horarios. Tras la penosa etapa de instrucción militar, un vistoso acto de jura de bandera puso el colofón a ese martirizante capítulo dando paso a un ansiado descanso. El primer permiso después de semanas encerrado en un cuartel sin contacto con el mundo exterior, semanas que se hicieron eternas, suponía para todos el alivio de volver temporalmente a una relativa libertad. Fue una sorpresa muy agradable que un grupo de amigos vinieran desde Madrid hasta Cádiz, donde me encontraba, para acompañarme y pasar después conmigo unos días antes de volver a casa. Era pleno verano y no desaprovecharon la oportunidad de disfrutar de las excelentes playas de la ciudad de la alegría por antonomasia. Nos alojamos en una típica pensión y, por primera vez en mi vida, pasé toda una noche compartiendo cama con una mujer, una de mis amigas con la que había llegado a tener especial confianza. Pero, en contra de lo que pudiera imaginarse, fueron noches castas, una convivencia acorde con la alegre intrascendencia de la alocada, transgresora y divertida juventud.

Largo recorrido

Llegar a casa después de aquellos días, dormir en mi propia cama, regresar a mi propia y confortable habitación, recuperar el placer de la intimidad, disfrutar de un cuarto de baño para mi solo y esa maravillosa sensación de abrir el frigorífico cada vez que sintiera hambre o sed, actos cotidianos que antes no tenían mayor importancia, se convertían ahora en especiales.


Pero pronto se acabaron los días de disfrutar de la comodidad de mi casa, deambular por el barrio y salir con mis amigos de siempre por nuestros sitios preferidos de Madrid. Nuevamente llegaron las siempre tristes despedidas sobre el andén de una estación. Tras el adiós esperaba una más que larga, interminable noche de insomne traqueteo en el expreso que nos conduciría a un nuevo y desconocido
destino.


Aquel tren nos llevaría hasta Vigo, una ciudad lejana, en la que nos esperaba la ETEA, la Escuela de Transmisiones y Electricidad de la Armada, en la que nos titularíamos como técnicos antes de ser destinados a los puestos en los que completaríamos nuestro tiempo de compromiso con la Marina. Tras un viaje agotador, con paradas en todas las estaciones y casi doce horas más tarde, llegaríamos a la ciudad gallega. En los últimos kilómetros del viaje, con el nuevo día recién estrenado, a través de las ventanillas del vagón empezamos a descubrir un nuevo y deslumbrante paisaje que ya sería el habitual durante todo el tiempo que pasáramos allí.