Mostrando entradas con la etiqueta gallega. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta gallega. Mostrar todas las entradas

Sentimientos auténticos - Te Olvidaré... cap. XIII


Cuando se produjo el inesperado reencuentro, lo último que pudo pasar por mi cabeza fue rehacer mi vida junto a la persona de la que me enamoré en mi juventud y a la que siempre añoré con nostalgia. Pensaba que, después de tantos años, lo lógico sería encontrar a una mujer madura, con su vida asentada y estable. Creía que a partir de entonces, se impondría una sincera amistad con una persona con la que podía compartir muchas cosas y que conoció aspectos importantes de mi pasado, algo insólito para quien, como yo, había vivido casi como un nómada la mayor parte de su vida y solo ahora, en los últimos años, disfrutaba de cierto arraigo. Lo inesperado y sorprendente fue encontrar una mujer divorciada, con dos hijos adultos, con una relación que después de siete años estaba al borde de la ruptura y, lo más increíble, que guardaba de mi un recuerdo similar al que yo tenía de ella y que parecía sentir por mi algo similar a lo que yo siempre sentí por ella.


Amistad y compromiso
La gran pregunta era si nuestros sentimientos estaban siendo sinceros o solo se trataba de satisfacer un deseo que quedó frustrado desde aquel día en el que tuvimos que despedirnos, un día ya muy lejano. Yo, por mi parte, estaba siendo muy consciente de lo que sentía, razón por la que no me importaba renunciar a todo lo que constituía mi mundo para dedicarle mi vida por entero, un compromiso que cuando eres joven puede ser algo vehemente, pero que cuando te lo planteas desde la madurez supone una decisión seria y meditada, aunque en ambos casos esté impulsada desde el corazón. Al pedirle que releyera con atención aquel capítulo del cuento de Antoine de Saint-Exupéry, no pretendía sino darle a entender la importancia que para mi tiene el compromiso. Solo pensar que pudiera depender de algo caprichoso y por tanto efímero me provocaba un gran temor. Necesitaba tener la seguridad de que se trataba de una decisión tomada con madurez y sincera convicción.


Responsabilidad del compromiso
De cuanto debía afrontar a la hora de recuperar lo que las circunstancias me negaron hacía treinta y tantos años, lo peor no sería renunciar a nada material, sino poner fin a la relación que durante los últimos veinte años había mantenido con la mujer con la que compartí un sólido proyecto de vida en común al que de ninguna otra manera, ni por ninguna otra causa, hubiera renunciado. Además, tenía que ser coherente y honesto, por lo que, aunque continuáramos compartiendo casa y trabajo, la convivencia quedó de inmediato reducida al trato imprescindible y nuestras vidas, tan estrechamente unidas hasta ese momento, se distanciaron hasta no haber entre nosotros mayor relación que la de compartir los espacios comunes. Por suerte nuestra casa era grande y eso hacía sencillo dividir nuestra respectivas intimidades en habitaciones separadas.


Ella es única
Inevitablemente, rodeado de incomprensión y encerrado en mi silencio cumpliendo el compromiso que me impuse con tal de impedir que mi antiguo amor pudiera sentirse culpable de cuanto acontecía, empecé a sentir algo que ya tenía olvidado por completo pero que no era nada nuevo ni desconocido, esa angustiosa y terrible soledad desde la que, como tantas otras veces, debía afrontar las dificultades. Se despertaron en mi muchos viejos recuerdos llenándome de nostalgia, pero también de rabia por como había transcurrido tanto tiempo sin opción de vivir la vida que hubiera elegido. Sentía cierto dolor al mirar las fotografías que casi a diario me mandaba. En cada una de ellas reconocía a la niña a la que siempre quise y a la que ahora estaba queriendo más que nunca. Ella era mi dulce y tierna niña gallega, el gran amor de mi vida.

-Cuando te hablo de mis hijos te pones my triste-, advirtió en una de las conversaciones que cada día manteníamos por teléfono.

Sí, era cierto. Me era inevitable pensar que esos hijos, máximo exponente de las consecuencias del amor, podían haber sido también mis hijos y que, sin embargo, fueron los de alguien que llegó después de mi para tener el privilegio de ocupar ese lugar.


-Las cosas ya nunca podrán ser como hubiera deseado. Ni siquiera tuve oportunidad de proponerte compartir nada-, le decía.

-Ya no podré compartir los hijos contigo, pero compartiré los nietos-, me prometió.

Por el simple hecho de serlo, sentí por sus hijos un cariño muy especial y comencé a preocuparme por sus vidas, lo que suponía el riesgo de parecer un entrometido, algo que siempre detesté por 
experiencia propia

A pesar de mis esfuerzos me resultaba imposible disimular lo convulso de mis sentimientos. Nostalgia, rabia, soledad, incomprensión… A mi pesar, me estaban traicionando mis propias emociones. En ese momento no era consciente y confiaba en mis propias fuerzas pero, poco a poco, sin que pudiera ser consciente, estaba comenzando a ser presa de una depresión. Mi tendencia a somatizar me dio un primer aviso cuando una tarde sentí con espantosa e inusual intensidad el dolor que mi lesión de espalda originaba. Una sensación con la que, dentro de unos límites normales, había aprendido a vivir soportándolo a base de opiáceos, una medicación que también influía en mi ánimo. De esa manera, aunque no pasaba de ser una molestia constante, el dolor era algo soportable.

Nunca tuve un objetivo tan claro. Como mi recuperado amor me llegó a decir, "solo depende de nosotros. Lo tenemos al alcance de la mano". Tenía ante mi la oportunidad de vivir junto a la persona con la que deseaba compartir mi vida. Pero, siendo realista, el panorama no era el más propicio. Las dificultades no serían pocas. Con el más motivador de los objetivos en el horizonte, solo me preocupaba hacer lo correcto. Quedaban ya pocos días para acudir a nuestra cita en Madrid y mi gran preocupación seguía centrada en el trabajo. Era urgente encontrar la fórmula que me permitiera mantener mi actividad en un lugar tan lejano como en el que pensaba residir. La práctica de mi oficio dependía de una serie de premisas que, en mi ámbito, hacía mucho tiempo que dejaron de ser problema. Conocía bien mi entorno, estaba bien relacionado, disponía de una buena cartera de clientes, mantenía buenas relaciones con los medios de comunicación, gozaba de una buena reputación profesional y conocía el idioma autóctono.  Pero, ¿sería capaz de conseguir todo eso en una tierra nueva, diferente y con su propia lengua, tan rápidamente como necesitaba?

-Pienso en mi trabajo y me preocupa ser un completo analfabeto en gallego-, le confesé en cierta ocasión.
-No te preocupes-, me replicó, -el gallego es muy fácil y esta será 'a nosa terra'-
-No sé, a mi no me parece tan sencillo. Ten en cuenta que para mi trabajo es importante conocer hasta el argot-
-No te costará  mucho, ya verás-
-Bueno, gracias por confiar en mi capacidad pero te advierto que tengo muchos defectos-
-¡Y yo!, yo también los tengo- replicó, -y en ocasiones soy un poco bruta, así que si alguna vez lo soy contigo, no me lo tengas en cuenta-, me advirtió en un tono jocoso.
-Pues yo te veo perfecta y, además, guapísima-
-Pero eso eres tú, que me miras con buenos ojos-
-No creas que lo digo por adularte, estoy siendo objetivo-, le dije.

Y era muy cierto. Cuando la conocí su belleza me encandiló y ahora, a pesar de los años y de haber sido madre por partida doble, seguía siendo una mujer de inusual belleza y físico espectacular. En sus ojos permanecía la luz de una mirada arrebatadora y en su voz el sonido aterciopelado de la inocencia. De su pelo salían mil y un destellos como de una cascada de luz de estrellas y su dulce sonrisa perfecta era el semblante de la felicidad en sí misma. Mi deseo de abrazarla, de besarla, de tenerla entre mis brazos y sentir contra mi pecho su eterno caudal de ternura era tan irreprimible que ponía un nudo en mi garganta y hasta causaba un extraño dolor que parecía salir del corazón.

Cierto día en el que me anunció que iba a pasar la tarde a la playa con su íntima gran amiga aprovechando un día soleado, le pedí que desde allí me enviara un foto. Sinceramente, quería verla en bañador, imagen de la que solo me mostró una en blanco y negro de sus años de pubertad. Cuando al cabo de un rato recibí aquella foto vi su cara con la playa al fondo. Entonces contesté con un mensaje reclamando mi pretensión diciéndole "¡trampa, trampa!". Mi sorpresa fue mayúscula cuando en pocos minutos volví a recibir otra foto, esta vez tumbada de espaldas al sol ¡desde una playa nudista!


Praia nudista
A pocos días de nuestra cita, ese deseado instante de volver a tenerla frente a mi, un momento que me parecía increíble que fuera a llegar, le hice una propuesta que no pretendía sino dar forma simbólica a nuestro mutuo sentimiento que durante tanto tiempo había estado latente, aunque desgraciadamente hubiéramos estado separados.

-Quiero proponerte algo-, le dije.
-Dime, dime… ¡yo me dejo!-, bromeó.
-Hemos estado tanto tiempo separados que el tiempo que debemos esperar ahora hasta que todas las cosas se arreglen para poder estar juntos no será mucho pero, cualquier tiempo separado de ti a mi me parece una eternidad. ¿Qué te parece si llevamos a Madrid algo, algún pequeño objeto personal que tenga algún significado para cada uno de nosotros y nos los intercambiamos? Se trataría de que el uno le guarde al otro algo por lo que sienta aprecio. Es una manera de simbolizar nuestra unidad y confianza?-
-Bueno. Bien, me parece bien-, me dijo.

 Los días parecían pasar con una lentitud pasmosa. Ya ni recordaba esa sensación de ansiedad que provocaba estar esperando la llegada de una fecha marcada en el calendario. Hacía días que había sacado un billete de tren que me llevaría hasta la estación de Príncipe Pío en Madrid y una y otra vez revisaba en el mapa el itinerario que debería hacer para, una vez allí, llegar a tiempo de recibirla en el aeropuerto. Tenía tiempo suficiente, pero temía que cualquier incidencia no prevista me impidiera llegar a tiempo. Para nuestro primer fin de semana juntos había reservado una habitación en un céntrico hotel del Madrid más castizo, cerca de la Puerta de Toledo, un sitio desde el que podríamos llegar en un corto paseo a otros sitios de interés como la Plaza Mayor, la Puerta del Sol o la de Cascorro, la llamada cabecera del Rastro, el típico mercadillo de los domingos en Madrid.


Cabecera del Rastro
No podía dejar de sentir cierto temor ante lo que iba a ser, no ya nuestra primera cita en muchos años, sino la primera vez en la vida en la que íbamos a tenerla en completa intimidad. Un sentimiento que siempre había quedado en lo platónico, pasaría de repente a su forma más apasionada, todo en un solo instante. Se aproximaba la primera vez en la vida en la pasaríamos juntos toda una noche y en la misma cama.

-¿Te das cuenta?- le pregunté a pocos días del gran momento- ¡Vamos a pasar de cero a todo más rápido que un Ferrari! Te confieso que me produce cierto temor-
-Pues no temas- me respondió, -lo que tenga que pasar pasará-

Yo ya no era aquel jovenzuelo que veía en las viejas fotos de entonces en las que ¡hasta a mi me parecía verme guapo y apuesto! Me había convertido en un señor mayor, con sus canas, sus arrugas y sus defectos. Aunque hacía mucho tiempo que había dejado de tener importancia y de causarme ningún tipo de complejo, la palidez de mi piel no pasaba inadvertida. Por esta causa, en aeropuertos o en la recepción de los hoteles, siempre soy tomado por un extranjero, quizá por uno de origen nórdico. Mi blanco color se debe a la incapacidad de sintetizar la melalina, algo que me impide broncearme al tomar el sol, hacerlo solo me produce incómodas quemaduras. Por esta razón tengo adquirida la costumbre de usar cremas de alto factor de protección, aunque solo sea para salir a la calle, sobre todo durante las estaciones en las que el sol es más intenso. Pero esa falta de melanina no solo afecta mi piel, también al pelo, cejas, pestañas…, a todo lo que contribuye a darme un aspecto raro. Y por mucho que me empeñe en combatirlo, también lo nota mi dentadura que no consigo blanquear como quisiera, ni con los tratamientos que se consideran más eficaces. Quizá cuando, con el tiempo, me llegue el momento de recurrir a las prótesis, pueda entonces lucir una bonita y blanca sonrisa.


Hacía mucho tiempo que mi físico no me había preocupado tanto como mi aspecto personal. Tal cosa no hacía sino denotar mi preocupación por no defraudar en ningún sentido. A  pesar de sus muestras de afecto, a pesar de su amor, tenía el temor de que tantos defectos, los que estaban a la vista y los que no, pudieran causarle una mala impresión. Era la noche previa a la gran fecha. A la mañana siguiente debía llegar a la estación con la antelación suficiente para subirme al tren. Había llegado el día y contener los nervios eran tan difícil como atemperar el ritmo de los latidos de mi acelerado corazón. Por fin íbamos a encontrarnos, después de toda una vida. ¿Cómo sería ese momento?

Trabajar en la radio. Te Olvidaré... cap. V

A partir de entonces ya no hubo más contacto, aunque muchas veces sentí la necesidad de ir a buscarla, cada una de esas veces siempre pensé que hacerlo no supondría sino alargar la agonía, la terrible angustia de sentir el gran vacío de su ausencia, algo a lo que, a pesar del transcurrir de los años, nunca terminaba de acostumbrarme. No podía saber qué estaba siendo de su vida, ni si tendría una relación y, lo más determinante, las circunstancias no me permitían, bien por estudios, bien por trabajo o por escasez de posibilidades, hacerme mayores esperanzas. Recuerdo cómo, cuando llegué a tener mi primer coche, pensé que pronto, en uno u otro momento, viajaría hasta Moaña aunque solo fuera por el gusto de dar un paseo por aquella carretera, aunque la verdadera razón no era otra que la esperanza de volver a encontrarme con ella, mi gran amor. Siempre estuvo presente en mis pensamientos. En los momentos difíciles, cuando todo se ponía en contra, añoraba su mirada, el consuelo de su sonrisa, el eco de su dulce voz, su ternura reconfortante. Pero también cuando llegaban las horas de celebración, de fiesta, de éxito, de alegría, invocaba su nombre y mi mente gritaba en silencio ¡ojalá estuvieras aquí!. Siempre me faltó su presencia, siempre quise compartir con ella los momentos especiales, buenos y malos, que se suceden a lo largo de la vida.  Nunca, nunca llegué a olvidar a mi dulce y querida niña gallega.


Travesía por el Atlántico
Aunque había ocupado un tiempo dilatado, mi experiencia en la Marina fue, en términos generales, positiva. Había recibido formación y contaba con experiencia de haber trabajado con dispositivos electrónicos; había tenido la oportunidad de navegar y de conocer muchos puertos de la península y de las islas; tuve la ocasión de conocer otros países, crucé el Atlántico, había atravesado el inquietante Triángulo de las Bermudas y conviví con jóvenes estadounidenses en la base naval de Jacksonville, en el estado de Florida. Y ahora, con 20 años recién cumplidos, estaba libre de compromisos y listo para matricularme en la Universidad. Estudié Periodismo, una de las ramas de Ciencias de la Información y también, alentado por una vocación que me venía de lejos, quizá desde la infancia cuando descubrí entre mis vecinos ilustres estrellas radiofónicas como Matilde Conesa o Pedro Pablo Ayuso, completé un curso extra de Locución, Redacción y Realización Radiofónica en el desaparecido Centro Español de Nuevas Tecnologías. 

No quise perder mi condición de emancipado así que, pesar de estar en mi ciudad y con gran disgusto para mi madre, opté por irme a un piso de alquiler compartido con otros estudiantes. Y no, no fui de los que llevaba su ropa sucia a casa, ni hacía visitas intempestivas para arramplar con lo que hubiera en la nevera aunque, bien es verdad que mi madre me preparaba, o cuando cocinaba algo especial me reservaba, esas cosas que tanto me gustaban. Todos, absolutamente todos, podemos coincidir en que nadie cocina mejor que tu madre, la persona que además de tu carácter, también educó tu paladar desde la más tierna infancia.

Vivir fuera de casa me impuso la necesidad de trabajar, tener ingresos para pagar el alquiler y mis otros gastos. Durante mi tiempo en la Marina, como consecuencia de los emolumentos recibidos, sobre todo por los conceptos que derivaban de haber hecho un largo  viaje de ida y vuelta a los Estados Unidos, pude ahorrar lo suficiente como para poder comprar mi primer coche, un pequeño Seat 133 de segunda mano con el que llegué a viajar hasta Berlín con otros dos buenos amigos. El viejo Seat se portó como un valiente y me duraría algún tiempo más que el que ocupó terminar la carrera. Recurrí a todo tipo de actividad con la que pudiera obtener ingresos sin menoscabar mi tiempo de asistencia a clase. Vendí libros y seguros, serví copas, pinché discos, trabajé en un Banco como captador de pasivo, fui redactor auxiliar en una revista de turismo y, aunque por ello no obtuve contraprestación económica directa alguna ya que se trataba de una  plaza de lo que por entonces se denominaba “meritorio”, o sea, una plaza en prácticas, fui locutor de Radio Cadena Española en Radio Juventud de Madrid, emisora en la que tuve ocasión de dirigir de tres proyectos. El primero fue un espacio de contenido humano, de una hora semanal en la tardes de los martes, razón por la que lo bauticé con el nombre de «Artículo 2» en alusión a los “Los Estatutos del Hombre” de Thiago de Mello que, según la traducción de Pablo Neruda, reza que «queda decretado que todos los días de la semana, incluso los martes más cenicientos, tienen derecho a convertirse en mañanas de domingo».


-Venimos del aeropuerto-, me dijo. -Acabamos de llegar de Berlín con las mezclas definitivas del nuevo álbum que saldrá dentro de unos días-

No fui consciente de lo comprometido de este programa hasta que un día, al terminar uno en el que con ocasión de la celebración del «Día del Pueblo Gitano», habían venido a explicar sus respectivas posturas representantes de Presencia e Integración Gitana, fui objeto de una agresión de la que, según parece, salí demasiado bien para lo que pudo haber sido. La Policía concluyó que, al salir de la emisora fui seguido por alguien, quizá más de un individuo, posiblemente integrantes de algún grupo de corte nazi que, dicho sea de paso, no eran tan infrecuentes en el barrio de Salamanca en el que se ubicaba Radio Juventud. Recuerdo que entré en una cabina para llamar a la persona con la que había quedado para avisar de que llegaría más tarde de lo previsto. En medio de la llamada, como pudo escuchar mi interlocutor, se pudieron oír unos gritos y un golpe seco. No comprendí muy bien que decían pero sentí en la sien izquierda un fortísimo golpe propinado quizá por una barra de hierro, quizá por un bate, no sé, pero era algo muy duro. Atontado sentí que me arrastraron sacándome de la cabina telefónica y que empecé a recibir todo tipo de golpes y patadas. Perdí el conocimiento. Desperté, completamente aturdido, en una Casa de Socorro. Pude dar el teléfono de casa de mis padres y, al día siguiente desperté en el hospital. Cuando por primera vez me miré en un espejo no me reconocí. Tenía la cara totalmente desfigurada y, a excepción de la nariz rota, afortunadamente todos mis huesos estaban enteros. Tardé más de diez días en empezar a recuperar mi aspecto, aunque siempre me quedaría una nariz algo diferente, como más grande y retorcida, como la típica de un boxeador.

El segundo proyecto me comprometió a algo más y supuso asumir más responsabilidades, no sin haberme granjeado antes la confianza de Ernesto Pérez de Lama, el director de la emisora. Se trató de “Hoy Mañana”, un programa diario de una hora de duración que implicaba madrugar, abrir la emisora a primera hora de la mañana, para lo que se me confiaron mi propias llaves. Debía arrancar los equipos y contribuir a que, a partir de las siete de cada mañana, nuestra audiencia despertara con optimismo e información sobre las actividades que estuvieran convocadas para el día.

Eso de “arrancar los equipos” suponía llegar con antelación suficiente para, una vez encendidos los transmisores y los amplificadores, ambos con circuitos de enormes válvulas de vacío, diera tiempo a que calentaran lo necesario como para que todo funcionara perfectamente antes de iniciar la emisión. También los motores de los platos giradiscos necesitaban su tiempo antes de estar en condiciones de funcionar a la velocidad adecuada.

Con este proyecto llegué a recibir muchas cartas, algunas firmadas por los que tiempo después llegaran a ser nombres populares, como por ejemplo Guillermo Fesser y José Luis Cano, conocidos más tarde como «Gomaespuma». Tuve, además, ocasión de conocer a muchos artistas y famosos que, en ocasiones, venían a compartir conmigo algunos minutos del nuevo día, algunas veces provistos de reconfortantes cafés o chocolate con churros.


Santa Lucía
Una de las anécdotas más llamativas y emocionantes relacionadas con este programa me la proporcionó el mismísimo Miguel Ríos. Acompañado de Carlos Narea y alguien más cuyo nombre, con perdón, no recuerdo, el viejo rockero apareció un buen día en el estudio con una cinta de bobina abierta bajo el brazo.


¡No me lo podía creer!, pero tenía su lógica. En aquel tiempo, a esas horas de la mañana, Radio Juventud era la única emisora de FM de todo Madrid, libre de obligaciones con sus respectivas cadenas y por tanto dueña de su tiempo.

-Si puedes, pon el segundo corte que será el single-, me pidieron.

Y así, mi programa, el programa de aquel modesto meritorio estudiante de Periodismo fue donde se estrenó «Santa Lucía», una canción de Roque Narvaja, primer single del nuevo LP de Miguel Ríos en 1980, «Rocanrol Bumerang». Ni que decir tiene lo orgulloso que me sentí y la impresión que me causó aquel inesperado acontecimiento. Quizá fue eso lo que catapultó mi programa hasta llamar la atención de cierto productor que empezó a contratar publicidad para mi espacio, lo que repercutió de manera muy notable en incrementar mis raquíticos ingresos. Aquella temporada tuve, además, ocasión de colaborar con otros programas de la misma emisora, gracias a lo cual dispuse de la ocasión de conocer a nuevas gentes, como por ejemplo una tal Luz Casal, la chica de los pantalones de cuero que siempre tenía un libro entre sus manos. Cuando en cierta ocasión, durante una visita a las oficinas de Polygram en Madrid, pude escuchar la maqueta de «El Ascensor», su primera grabación, no fui capaz de adivinar, hasta que me desvelaron la incógnita, que la dueña de aquella voz tan potente y con tan impresionante carácter era precisamente la de ella.

Al año siguiente, el último antes de concluir la Facultad, pude llevar a cabo mi tercer proyecto que, modestia aparte, imprimió carácter. Se trató de «Ni Corto, Ni Perezoso», el primer programa del dial de FM que ocuparía toda la noche enlazando el hasta entonces último programa del día anterior, con el primero de la mañana siguiente. Dadas mis posibilidades el programa solo se emitía los viernes y sábados, y aunque pronto puso en evidencia el interés de lo que parecía ser una gran audiencia, lo cierto es que la idea no prosperó en la emisora aunque muy pronto otras cadenas imitaron la idea, pionera por entonces cuando las únicas emisoras que podían sintonizarse durante la madrugada venían siendo las convencionales de Onda Media. A pesar de todo, aquella fue una época de grandes descubrimientos y el reto, aún conllevando un gran esfuerzo, me aportó una enorme experiencia. Durante aquel año, cada fin de semana, estuve dando el relevo de la continuidad de la programación a un muchacho que llegaba a la emisora poco antes de las nueve de la mañana para hacer su propio programa musical, un tal Juan Ramón Lucas.

Y ni que decir tiene el que durante toda aquella época, inicios de los tiempos de la famosa "Movida Madrileña", mi relación con la radio me dio ocasión de asistir a muchas fiestas y saraos, y me proporcionó el privilegio de ver, desde sitios inaccesibles para el público, eso que llaman el backstay, conciertos y actuaciones de infinidad de artistas, desde los de moda y efímero éxito, hasta los consagrados y de larga trayectoria como lo fueron, algunos todavía lo son, Supertramp, Génesis, The Who, Dire Straits o Fleetwood Mac, entre otros muchos. Y no es que fuera yo un ligón, ni mucho menos un tipo atractivo, nunca lo fui, pero me surgieron admiradoras e incluso las hubo que insistieron  en sus proposiciones hasta la saciedad, pero jamás saqué provecho de ninguna de esas situaciones. Siempre podré llevar a gala que todas mis relaciones tuvieron su origen en otro tipo de circunstancias.


Al concluir la carrera, que durante el último curso compaginé con lo que hoy sería un master, emprendí la búsqueda de empleo y, a pesar de poder hacerlo en Madrid, acepté una oferta de una emisora de Elche. Hubiera preferido que hubiera llegado de cualquier rincón de Galicia, puesto que, como siempre, tenía a mi gran amor en el pensamiento, pero nunca llegó y confieso que lo busqué con interés. Aunque por entonces todavía no parecía ser un requisito excluyente, lo cierto es que el buen conocimiento del idioma local empezaba a ser una necesidad. Hice cuanto pude para poner mi conocimiento del valenciano-catalán al nivel coloquial indispensable para mi trabajo. 

Con la adjudicación de nuevas frecuencias a mediados de los años 80, la empresa para la que trabajaba abrió una nueva emisora en Elda, una de las localidades con mayor población de la provincia. Por ese motivo, junto a un grupo de veteranos y veteranas compañeros y compañeras, puse mi voz y mi trabajo al servicio de ese proyecto que, al poco, se adjudicó un notable éxito. Todavía me ruboriza recordar que me pidieran autógrafos en los restaurantes en los que coincidíamos con compañeros de otros medios.


Al cabo de no mucho tiempo, la Cadena SER abrió su propia emisora en Elche y me hicieron una oferta que acepté. Pero no duré ahí mucho tiempo porque, casi de inmediato, me ofrecieron un trabajo similar pero en una nueva emisora en la capital, en Alicante. Y estando allí recibí una oferta de Antena3-Radio por lo que, tras un breve paso por Madrid, ocupé el puesto de Jefe de Programas en su emisora de Cádiz, ciudad de especial encanto en la que hice buenos amigos y en la que viví acontecimientos de especial interés, como por ejemplo la llegada del entonces Príncipe de Asturias al buque escuela Juan Sebastián Elcano para iniciar sus prácticas como guardiamarina.

Quizá por su relación con la mar oceana, en Cádiz conocí a algunos gallegos que residían allí. Hablar con ellos, escuchar ese inconfundible acento, reavivaba mis nostalgias, o sea, me provocaba la típica morriña. En mi cabeza y en mi corazón residía el mismo recuerdo. Fue también durante ese tiempo cuando experimenté la relación de pareja con la que más me llegué a ilusionar, aunque no lo suficiente como para eclipsar de mi memoria el recuerdo de la muchacha moañesa que siempre la ocupó. Fue con una compañera de profesión. Era redactora delegada del Diario de Cádiz en el Puerto de Santa María, una mujer verdaderamente guapa, muy profesional e inteligente. Tuvimos una relación intensa, apasionada. Llegamos a hacer planes y todo pareció indicar que podría ser una relación definitiva para ambos. Sin esperarlo, ni pretenderlo, quedó embarazada y eso hizo que considerara la transcendencia de ser padre, con lo que me llegué a ilusionar pero, dado que su objetivo era un trabajo en televisión, meta que ya veía próxima, decidió no gestar ese hijo, algo a lo que, por respeto y a pesar de exponerle mis razonamientos, no pude oponerme. Tuve que transigir con su decisión pero la relación terminó ahí. Aquello fue un palo tan severo que me resultó muy difícil encajar. Tanto que sentí la necesidad de marchar lejos de allí. 

Al poco tiempo volví a Madrid. Hice el intento de trabajar en unos estudios de doblaje en los que se adaptaban diversas series americanas. De ahí que mi voz fuera, ocasionalmente, la de algunos personajes de series como aquella tan popular de «La Casa de la Pradera». Pero el escaso trabajo no alcanzaba para cubrir mis necesidades y, las vueltas que tiene la vida, mira por donde fui yo el que acabó trabajando en la tele. Insté a un puesto de locutor-redactor que ofrecía un programa de «La 2», un informativo juvenil que se llamaba «El Domingo Es Nuestro», lo que, mientras duró la temporada, me proporcionó un medio de vida. Se agradecían muy especialmente las comisiones de servicio, retribuciones muy generosas que TVE pagaba cuando el trabajo encomendado obligaba a desplazamientos fuera del lugar de residencia. El tener que hacer acopio de material para cada programa motivaba que el equipo de producción se desplazara a los sitios en los que acontecía algo de interés. Cuando acabó la temporada el productor me aseguró tenerme en cuenta para la siguiente pero, avatares de las programaciones, esa nueva temporada nunca llegaría a comenzar. Al menos durante aquellos meses pude conocer a algunos de los integrantes de un programa con el que compartíamos sala de redacción y que llegaría a ser un hito en la historia reciente de la televisión en España: «La Bola de Cristal».

Amor en Moaña. Te Olvidaré... cap. III

Al salir del muelle de Moaña 

el casco urbano parecía reducirse a una sola calle, una carretera que transcurría junto al litoral. Una estrecha calle con edificios a un lado y el mar al otro. Allá, a lo lejos, un solitario árbol en el lado de la orilla, y al otro una estrecha acera a los pies de casas, la mayoría de dos o tres plantas. Frente al muelle una calle empinada y más arriba, sobre la ladera del monte, un pueblo que se diseminaba en casas bajas con sus respectivos huertos. Subiendo por aquella primera cuesta encontré, en la primera esquina, una pequeña discoteca, La Palma Verde, una de esas que imperaban en aquellos tiempos. Después de un breve paseo por el lugar, allí terminé, al reclamo de la música y de un refrescante combinado. El sitio era tranquilo, sin aglomeraciones, perfecto para mis gustos. No tardé en relacionarme con alguna chica que se prestara a bailar durante las largas sesiones de música lenta bajo los destellos de la bola de cristales que colgaba sobre la pista. En aquellas condiciones era gratificante sentir el contacto con una mujer, sentir su proximidad y aceptación. Más difícil sin embargo resultaba entablar conversación que, por lo general, se reducía a cuatro preguntas tópicas y a respuestas monosílabas. Pero una tarde me fijé en un muchacha que no dejaba de observarme. Permanecía sentada, apoyando la cabeza sobre las palmas de ambas manos y los codos apoyados sobre sus rodillas. Era bellísima, su mirada era intensa y mantenía una leve sonrisa dibujada en su semblante. Era preciosa, verdaderamente guapa, de esas chicas que, de tan guapas y perfectas, provocan en los chicos cierto temor a la hora de acercarse. Por el parecido, quien la acompañaba debería ser su hermana y, desde luego, ella era la menor. De aquella otra solo puedo recordar su larga melena rubia y rizada, pues rara era la ocasión en la que no estuviera acaramelada de manera apasionada con algún muchacho.

Soy tímido por naturaleza, lo reconozco, y me cuesta dar el paso, sobre todo si, como digo, se trata de abordar a una mujer de belleza tan singular como la que se trataba pero, por una vez, superé mis miedos y me dirigí hasta donde se encontraba. Me senté a su lado y aunque le hubiera dicho cualquier otra cosa, me limité a preguntar...

-¿Quieres bailar?- 
-Bueno-, respondió mientras se ponía en pie.

Eran los últimos días de Invierno y recuerdo hasta como iba vestida. Jersey blanco de cuello vuelto y un pantalón negro ceñido y embutido en las botas negras que calzaba. De repente, me encontré bailando con ella en una oscura esquina de la pista. No lo puedo asegurar pero, cuando pienso en ese momento me resuena en la cabeza el You’ve got a friend de Carole King, una de las canciones de moda entonces. Lo que sí recuerdo es que en aquella pequeña discoteca, quien lo hacía, ponía muy buena música. Pero, sobre todo, recuerdo aquel momento y como me sentí de emocionado al verme a mi mismo ¡con la más bella del baile!

-Vi que antes me estabas mirando-, le susurré. 
-Sí, te miraba porque estabas bailando con otras chicas-
-¿Y qué pensabas…?
-Me daba envidia-, dijo para mi sorpresa.

Nunca lo fui, ni mucho menos me consideré guapo, más bien lo contrario. Aunque por entonces no llegaba a ser tan evidente como lo es al cabo de los años, el color de mi piel era diferente por causa de mi escasez de melalina, lo que siempre me obligó a ser muy prudente a la hora de exponerme al sol que lejos de proporcionarme un bonito tono bronceado, me daba el aspecto del típico veraneante enrojecido después de su primer día intensivo de playa y sus consecuentes e incómodos y dolorosos quemazones.

Bailando y, ¡por fin!, conversando, transcurrió la tarde hasta que llegó la nefasta hora de coger el último barco de regreso para no llegar tarde a la Escuela, cosa que podía suponerme la privación de salir al fin de semana siguiente. Quedé totalmente prendado de aquella muchacha y durante toda la semana anhelé con impaciencia que pasaran los días y las horas para volver al lugar donde me encontré con ella. Desde la Escuela miraba con avidez al otro lado de la ría pensando que por allí, en algún lugar, tan cerca pero tan lejos, estaría ella haciendo su vida y me preguntaba si también pensaría en mi.

Durante los fines de semana siguientes siempre corrí a su encuentro. Desde la Escuela me dirigía al puerto y allí tomaba el primer barco que saliera hacía Moaña. En alguna ocasión, aunque no la vería hasta la tarde, llegaba allí a media mañana, lo que me daba ocasión de caminar por aquella larga carretera en la que apenas circulaban coches y de entrar en alguna de las tabernas desde las que se divisaba la ría y más allá, al fondo, Vigo, mientras paladeaba una taza de oscuro tinto ribeiro. Podía ver la silueta de La Guía y eso me hacía sentir especialmente feliz al pensar que allí quedaron mis largos días de espera hasta poder verme, como estaba, disfrutando de un lugar que a mi ya me parecía un pequeño paraíso. Con la marea baja aparecía un numeroso grupo de mariscadoras doblando el espinazo sobre la gran extensión de húmedas arenas que la marea dejaba al descubierto. Un poco más allá, decenas y decenas de bateas bajo las que se cosechan toneladas de ostras y mejillones, las joyas de la corona de la gastronomía local, pero también de la industria conservera.


Mi pequeño paraíso


Pero por mucho que disfrutara de cuanto me rodeara, me sentía más nervioso cuanto más se iba aproximando la hora del posible encuentro. Y cuando finalmente se producía, cuando llegaba ese instante, todo lo demás desaparecía. Ella era todo cuanto había en el mundo. Por suerte, además, era una chica con la que podía hablar de otras cosas que no fueran las acostumbradas de mi restringido entorno de diario. Las pocas con las que intenté relacionarme antes que con ella eran tan parcas y tan reticentes a conversar que siempre me parecieron frías y desconfiadas. Al fin tenía una amiga con la que poder hablar de cualquier cosa. Aunque charlábamos de asuntos triviales, recuerdo algunas conversaciones con las que, francamente, me sorprendió.

-¿Sabes como es la bandera gallega?-, me preguntó en cierta ocasión.
-Sí, claro-, respondí. -Es blanca con una barra azul celeste cruzándola de esquina a esquina- 
-Sí, pero te falta algo. Una estrella roja en medio-, me señaló.

¡Caramba!, pensé, es una revolucionaria, subversiva, como se decía entonces, y confieso que fue una característica que me sorprendió gratamente. Aunque mis ideas, como los de la inmensa mayoría de los que éramos jóvenes en aquellos postreros años del franquismo, todavía no estaban muy formadas y claras, empezaban a madurar en esa dirección reivindicativa de democracia y libertad. Estaba de acuerdo con que se pudieran defender y cultivar esos sentimientos de identidad histórica y cultural, signos que quedaron reprimidos, incluso perseguidos con ilógica dureza durante los funestos años de dictadura. Aquella conversación se me quedó tan marcada que cuando concluyó mi compromiso con la Marina y regresé a casa, una de las cosas que hice fue hacerme con una bandera gallega a la que cosí una estrella roja en su centro que recorté de un fieltro. Una bandera que paseé por Madrid en una de las multitudinarias manifestaciones más concurridas y festivas de cuantas recuerdo, la del primero de Mayo de 1976.

Otro día, paseando por la vieja carretera que recorría el pueblo bordeando la orilla de la ría, señaló unos astilleros que se divisaban a lo lejos.

-Allí vivo yo-, dijo.
-¿En los astilleros?-
-Justo al lado. Mi padre tiene un bar y mi madre cocina. Muchos trabajadores vienen todos los días a comer-, me explicó.


Allí vivía ella
Mi escueto tiempo libre literalmente volaba cuando lo compartía con ella. Era dulce y tierna, una linda muchacha gallega de apenas 14 años, quizá 15, que hasta mis últimos días de estancia en la Escuela militar de Vigo, acompañó mis restringidas horas de libertad. Tardes de fin de semana, muchas de ellas en aquella pequeña y oscura discoteca, algunos paseos y alguna tarde de sesión de cine. Tan limitados eran mis tiempos en libertad que aquella vez que entramos en el cine, sala cuyo espacio ocupa hoy en día un supermercado, no tuve tiempo de ver el final de la película, una titulada «Jhonny cogió su fusil», que en realidad es un drama antibelicista basado en la historia de un soldado de la Primera Guerra Mundial que mantenían con vida a pesar de que había perdido extremidades, ojos y quedó sin habla, sin rostro…, a pesar de todo llegó a comunicarse con la enfermera que le cuidaba.  No sé por qué pero, mientras veíamos la película me hice la analogía de que ella, sentada a mi lado siguiendo con atención aquella historia para lo que se había puesto gafas, podría, en cierto modo, estar siendo para mi ánimo como aquella enfermera. A pesar de mis carencias, de mis defectos y de estar en un lugar en el que era un extraño, ¡se había comunicado conmigo! Mi tiempo se acababa y tuve que salir a la carrera dejándola allí, sola en su butaca. Puede parecer extraño o exagerado pero, con excepción de la licencia que permite el baile, ni en el cine, ni en ningún sitio, a pesar de estar en esa edad de la tópica "rebelión de las hormonas", jamás me sobrepasé, ni fui más allá con ella que del simple hecho de disfrutar de su amistad, de su compañía y del placer de la charla intrascendente. Sólo el día de mi despedida, el día en el que intuía que a partir de entonces me sería muy difícil, si no imposible, volver a verla, solo entonces, deposité sobre sus labios un tembloroso, tímido y leve beso que jamás olvidaré.