Desde que me propuso
volver a vernos en Madrid el
tiempo pareció ralentizarse en una interminable cuenta atrás. Solo los conversaciones diarias, que habían pasado a ser
costumbre de horarios fijos, aliviaban la larga espera. Si a partir de entonces el rumbo de nuestra relación se confirmaba, habría llegado el momento de hablar claramente con las personas de mi entorno, empezando por quien hasta el
momento estaba siendo mi pareja.
-Ha pasado algo y
quiero que lo sepas-, le dije un día cuando estábamos todavía en el despacho.
Mi socia, a la sazón
mi pareja, levantó la mirada, se retiró unos centímetros del escritorio apoyándose en el
respaldo de su silla y adoptó una postura de prestarme atención.
-Hace unos días-, le
expliqué, -casualmente me reencontré en una red social con una persona muy
importante para mi. Es una mujer que conocí cuando era joven, en mis tiempos de
la Marina en Galicia. Tuvimos una buena relación, conoció a mis padres e
incluso estuvo en mi casa de Madrid. Pero las circunstancias nunca nos permitieron profundizar en nuestra relación. He hablado con ella y dentro de poco vamos a volver vernos después de más treinta y tantos años sin saber nada el uno
del otro. Sé que nuestra relación, a pesar de
no haber habido contacto entre nosotros todos estos años, va más allá de una
buena amistad que no estoy dispuesto a volver a perder. Esto no es fácil de explicar y sé que tampoco es fácil de entender. Necesito verla, hablar con ella y si todo es como pienso, debo prepararlo todo para comenzar una nueva vida junto a ella, la que no pude elegir cuando fue el momento de poder hacerlo.
No creas que te estoy dejando en la estacada, de ninguna manera. No voy a dejar de lado mis
obligaciones y pienso seguir atendiendo puntualmente el sostenimiento de esta casa y, por supuesto, la que ocupa mi
padre. Espero que no quede mucho para cobrar la herencia y eso nos
permitirá liquidar créditos, cancelar la hipoteca, dejar saldadas todas las deudas y arreglados
todos nuestras asuntos-, concluí.
-Ya sabía yo que
acabaría sola-, contestó. –Si ahora te vas yo creo que me muero, pero quiero
que seas feliz y si tiene que ser así, que sea. Por el dinero no te preocupes,
yo se defenderme sola-. Sus palabras realmente me conmovieron.
-Lo sé- le contesté, -pero yo no
soy de ese tipo de personas que salen huyendo, lo sabes bien. No sé
que va a pasar exactamente, no tengo nada predeterminado, pero
quiero que estés al corriente de todo desde el principio. Nunca he mentido, ni he ocultado
nada y esta no iba a ser la primera vez-.
Vista desde fuera,
comprendo que la decisión podría estar pareciendo algo vehemente y
caprichoso, lo sé. Pero aunque así se pudiera interpretar, lo cierto es que se
trataba de una decisión basada en algo más que en un fuerte y sincero sentimiento.
Aquella persona con la que estaba dispuesto a comenzar de nuevo, formaba parte de mi historia, de una vida, la mía, que siempre
estuvo condicionada por circunstancias impuestas. Desde que en mi juventud, con
apenas 16 años, saliera de casa de mis padres buscando mi independencia y
liberarme de cualquier atisbo de influencia de aquellos aristócratas
trasnochados, cumplí con mi compromiso de depender de mi mismo. Nunca,
por grande que fuera mi necesidad, pedí nada a nadie, ni nunca me plegué a
condiciones, ni siquiera laborales, que pudieran suponer renunciar a mis
principios, aunque tuviera que pagar por ello un alto precio como el de
atravesar momentos de terrible soledad, de marginación o soportar el desarraigo que conlleva empezar de nuevo en una ciudad desconocida. La oportunidad que la vida me estaba brindando ahora, pudiendo
volver junto a esa persona que para los demás solo parecía ser un amor de
juventud, no se basaba solo en querer revivir un viejo sentimiento frustrado y que nunca
pudo pasar de lo platónico, sino que, además, estaba suponiendo el milagro de poder retomar mi
vida desde un punto, quizá el primero y quizá el más crucial, en el que, como
en muchas otras ocasiones posteriores, no tuve la más mínima oportunidad de elegir
mi destino.
No hacía muchos días
que en el transcurso de una de nuestras conversaciones telefónicas, mi antiguo amor y yo coincidimos en que lo que nos estaba ocurriendo y como pensábamos
conducirlo, sería difícilmente compresible incluso para las personas más
próximas en nuestros respectivos entornos. Intentar explicar qué estaba pasando
y el por qué de nuestra decisión no fue fácil. Hacerlo se
convirtió, por encima de los problemas económicos, en la peor de las prioridades.
Solo la cercanía de nuestra cita en Madrid elevaba el ánimo. El proyecto de una nueva vida, teniendo todo en contra, no iba a ser nada sencillo. Debía afrontar todas las adversidades,
especialmente, resolver qué hacer con mi padre al que, dada
su edad y salud, no podría dejar solo.
El trabajo, la forma
de asegurar los ingresos necesarios para atender todo cuento dejaría atrás y para garantizar, además, el inicio de una nueva etapa era, lógicamente, la
otra gran preocupación. Por desgracia el momento, con una grave crisis económica en marcha, no era precisamente el más
favorable. Aunque nunca se lo pediría, llegué a suponer que quien estaba compartiendo conmigo el mismo propósito, me ayudaría a la hora de encontrar un primer trabajo remunerado, pero no fue así. Solo
cuando a colación de una conversación sobre trabajo se presentó la ocasión,
le sugerí comentar a sus jefes que tipo de servicios era capaz de ofrecer a la suya y a otras empresas.
-Se lo diré, pero
con la crisis ya sabes que es lo primero que se recortan-, contestó. Una
afirmación que me desalentó, no solo por lo equivocado de su criterio, sino
porque dejaba clara su actitud ante una circunstancia tan vital para nuestras intenciones.
Llegaron los días
en los que la exigencia de resolver tantas vicisitudes comenzaron
a hacer mella en mi ánimo, aunque, eso sí, mi voluntad permanecería
inalterable. La ilusión de llegar a ver cumplido el objetivo, luchar por la
felicidad de esa mujer, superaba con creces el desánimo ante tantas adversidades. Solo
necesitaba un poco de comprensión y algo de apoyo por su parte. Fue en una nueva
conversación cuando empecé a comentarle algunos pormenores de cuanto estaba sucediendo en mi entorno.
-Siento mucho por
todo lo que estás pasando-, me dijo
-Lo peor es tener
que enfrentarme a tanta gente. Nadie puede comprender nada de esto y todos, desde los amigos hasta mi padre, no hacen sino reprocharme mi decisión-
-Me estoy sintiendo
culpable de todo por lo que estás pasando-, contestó.
Quizá no fuera lo
más acertado pero, ante su respuesta, decidí no volver a referirme
a estas cuestiones y no lo hice nunca más. Lo último que quería era hacerla responsable de cuanto me ocurría, así que, desde ese momento, guardé silencio y no hablé más con ella de mis problemas, al fin y al cabo solo a mi me competían. Debía ser lo suficientemente fuerte como para superar la situación sin
inquietar a la persona con la que estaba dispuesto a comenzar mi nueva vida. Al fin
y al cabo ella era la última persona que pudiera tener culpa de cuanto me
pasaba. Era momento de seguir los dictados del corazón. No se trataba de un arrebato, era algo deseado con madurez por la fuerza de un amor que siempre había conservado de forma platónica y que ahora, por
fin, podía convertir en realidad. Después de todo lo pasado, de todo lo vivido y de no haber podido decidir nunca libremente, ahora tenía
derecho a ser feliz.
Estar juntos
iba a ser algo que solo dependería de nosotros mismos. Su decisión
parecía ser tan determinante como la mía. En cierta ocasión
llegó a asegurarme que, de ser necesario, emprendería conmigo esta nueva
vida aunque tuviera que ser en un lugar distinto, quizá Madrid, quizá Valencia…
Pero esa fue una idea que de inmediato le invité a desechar. Durante toda mi
vida me había visto obligado a vivir en lugares distintos una y otra vez. Siempre
en un sitio nuevo en el que todo comenzaba con la dura etapa de
ser, entre todos los demás, el recién llegado. No me parecía que debiera obligarla a
abandonar su tierra, a distanciarse de los suyos. Además, entre mis despertadas nostalgias, no faltaba la añoranza por aquel maravilloso paisaje de mi querida Galicia y el entorno
de la ría en el que encontré a la que siempre había sido el gran amor de mi
vida. Ir a otra ciudad para mi suponía, en cualquier caso, una condición 'sine qua
non' pero para ella supondría un
sacrificio, aunque de las que me estuviera hablando fueran ciudades en las que
podría conservar su trabajo ya que en todas ellas había oficinas de la empresa, con central en Vigo, en la que trabajaba desde hacía varios años.
Me era imposible
pensar en otra cosa. Ella era el centro de todos mis pensamientos
de la mañana a la noche. Todo cuento hacía, todo lo que afrontara,
parecía fácilmente superable con la motivación de vivir junto a ella. Cada
día, además de con otros muchos durante cada día, empezaban y terminaban con un mensaje para ella. En cierto día en el que el trabajo del anterior se alargó obligándome a llegar a casa mucho más tarde de lo habitual, no desperté a tiempo de escribirle mi mensaje diario de buenos días.
Cuando abrí el correo me encontré con uno suyo que, además de hacerme sonreír,
me conmovió.
-Buaaaaaaaaah…!!!-
escribió. –¡Te olvidaste de mi!-, algo que no ocurriría bajo ninguna circunstancia.
Mientras los días
transcurrían con una lentitud pasmosa hacía nuestro encuentro, me envió un mensaje pidiéndome ayuda. Por alguna
circunstancia, llegado el fin de la etapa universitaria de su hija en Salamanca,
iba a solicitar un crédito, supongo que para preparar el traslado a Madrid en
donde iba a cursar un curso de posgrado, y disponer de la liquidez necesaria
para matrículas, alquileres y otras contingencias. Necesitaba un aval para
acceder al crédito y dado que lo estaba tramitando en la misma entidad con la que yo
venía operando durante los últimos años, me dirigí a mi sucursal provisto
de la escritura de mi casa para hablar con la directora. Hizo un par de llamadas
y tras uno minutos me invitó a pasar a su despacho para comentarme la situación.
-Con tu aval no hay
problemas, pero parece que la concesión del crédito no va a ser algo sencillo porque
el informe de la oficina de Vigo no es favorable-, me explicó la directora de la
oficina.
-¿Qué pasa? ¿Puedo
hacer algo más?-
-Parece que hay problemas con operaciones anteriores para esta misma titular-
-Mira, yo avalo esta
operación sin ningún problema, incluso si fuera necesario estoy dispuesto a ser
el titular de la solicitud. Te dejo la escritura de mi casa y, por favor te
pido, haz todo lo posible para solucionarlo-
Cuando regresé a mi
despacho volví a hablar con ella para explicarle el resultado de mi gestión.
-Déjalo, no te
preocupes-, me dijo entonces. –No es necesario que hagas más nada porque ya lo he
solucionado con una buena amiga mía-, concluyó.
Me quedé pensando
que todo aquello no era más que una de esas reacciones que los bancos suelen tener cuando se les pide un crédito, sobre todo en plena
crisis, cuando los créditos se dan con cuentagotas y sobradas garantías como yo mismo había
experimentado. Aunque finalmente mi intervención no llegó a ser necesaria,
recibí un correo de su hija dándome las gracias. “No te preocupes, no tienes que agradecérmelo”, le
contesté, “puedes considerar que lo hago como si fuéramos familia”. Sabiendo
que la situación quedó resuelta no volví a preocuparme por
este asunto, ni tampoco volví a hacer ningún comentario sobre él.
Mi verdadera, mi
única preocupación no era otra que la orientación que estaba dispuesto a dar a
mi vida. Un cambio tan radical que conllevaba dejar mi casa y todo cuanto había
supuesto hacer de ella un hogar con su familia; abandonar el lugar en el que había labrado un prestigio profesional y tenía asegurado mi trabajo; dejar el pueblo en el que tenía a mis amigos, allegados y conocidos; volver a comenzar de cero
en un lugar en el que nadie me conocería, un lugar distinto, querido y añorado pero desconocido al fin y al cabo.
Solo la magnitud de mis sentimientos podían justificar que estuviera tan dispuesto a
adoptar estas decisiones que a los ojos de los demás no eran sino una gran locura, más
incomprensible cuanto más conocieran mi vida de pareja, acostumbrados a vernos compartirlo todo, trabajar y luchar por nuestra tranquilidad y por el
confort de una vida modesta pero sosegada, feliz y sin carencias.
No puedo negar que,
a pesar de mis ilusiones, surgieran también temores. Era mucho lo que estaba
arriesgando, pero también eran muchas las cicatrices con las que la vida me habían marcado el alma. No quería ser brusco, ni
parecer egoísta o desconfiado al plantearlo, pero tampoco debía ser esquivo o
ambiguo a la hora de hacerlo. Intenté ser delicado, pero a la vez asertivo cuando hablé con mi recuperado amor sobre esto.
-¿Tú estás segura de
lo que sientes? ¿No será todo esto un mero deseo morboso?-, le pregunté
-No, no, no- me
espetó con seguridad. –Yo te he elegido a ti y quiero estar contigo-
-Debemos estar muy
seguros de lo que sentimos-, le insistí.
-Amor, yo voy estar
aquí y no dejaré que te vuelvas a marchar nunca-, concluyó.
Estaba seguro de mis
sentimientos, pero temía que algo de lo que estaba ocurriendo obedeciera a lo
que en términos cinematográficos se suele describir como “tensión sexual no
resuelta”. Recurrí entonces a la retórica literaria que siempre me pareció
paradigmática para describir las consecuencias del compromiso personal a la
hora de entablar la amistad y, mucho más aún, al declararse el amor entre dos personas.
-Te voy a pedir un
favor-, le dije.
-Pídeme lo que
quieras, yo me dejo- contestó con cierta sorna.
-No, no…, bromas a
un lado. Te pido, por favor, que releas el capítulo de “El Principito” en el
que habla con la rosa y luego con un zorro. Es importante para mi-
1 comentario:
Hoy,esta madrugada, he leído el blog completo. Ha habido un momento en el que me he tenido que refugiar en el servicio para llorar. Antes de eso, y a medida que avanzaba en la lectura, he pasado por un estado de sorpresa, de complicidad, de terror, de tristeza y de todo aquello que te es imposible asimilar porque parece que han hurgado en tu cabeza y lo han plasmado en un blog como este. No sé si a ti te ha pasado esto que has escrito, pero te aseguro que el 90% de lo que has escrito me ha pasado y me está pasando a mí. Es casi calcado de mi vida, incluso los chats...
Yo estuve en la ETEA, yo tuve un amor en Galicia, yo perdí a ese mismo amor y yo recuperé a ese amor exactamente de la misma manera que tú describes en el blog.
Ahora mismo estoy impactado, no sé cómo asimilar lo que he leído...
Te mando un enlace a mi blog, en el cual se describe muy resumidamente esta historia.
http://titovillanueva.blogspot.com.es/2012/12/la-etea-vigo-y-galicia.html
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